Por Vladimir Rothschuh
En el tablero de Claudia Sheinbaum,
Citlalli Hernández sigue ocupando el lugar de una pieza con movilidad amplia:
la dama puede avanzar por distintas casillas mientras la Reina construye su
propio juego. Aunque Citlalli ponga distancia a la cargada, la
política pocas veces espera las convocatorias cuando se es parte del primer
círculo de Palacio Nacional. Hay un horizonte mucho mayor desde la perspectiva
ajedrecista de la Reina en la edificación de su proyecto de país y que ya se
viene prefigurando con la restauración del decálogo moral que nadie voltea a
ver y menos respeta. La Presidenta haciendo a un lado a figuras
comprometidas con la corrupción que cínicamente intentaron repetir la pachanga
del sexenio pasado, marca la hoja de ruta para la mitad de su administración: el
Claudismo debe fundarse en perfiles éticos como el de Citlalli. A ésta,
como dama del tablero claudista, nadie le puede acusar de nada; no ha
robado, no ha mentido. Y es por aquí donde se conduce la narrativa
presidencial: Sheinbaum se desmarca en la segunda mitad de su gobierno de
aquellos grupos y personajes cuya trayectoria política, patrimonial o
contractual pudiera convertirse en un pasivo para su Presidencia. El primer
tramo de su sexenio tuvo que convivir con herencias políticas, compromisos y
equilibrios construidos durante el gobierno anterior, cuyo acabose fue Rocha
Moya. Aquella arquitectura permitió la continuidad del proyecto, pero también
trasladó a la nueva Presidencia grupos, lealtades y viejas disputas. Desde el
año pasado es evidente el desplazamiento gradual de liderazgos heredados y la
consolidación de un proyecto propio de Sheinbaum como Reina del ajedrez
político. La Presidenta tiene equipo propio, una generación propia de
operadores y una estructura política que responde a su proyecto de país y no
para negar la transformación, sino para gobernarla sin tutelas. La
mención de Citlalli Hernández para la alcaldía más importante de la CDMX
expresa la reconstrucción de una nueva relación de fuerzas dentro de
Morena. Porque hay grupos que durante años hicieron de la política capitalina
un territorio de acuerdos, cuotas, posiciones y redes. No hace falta ponerles
nombre; su presencia es suficientemente conocida. Tampoco hace falta convertir
cada señal patrimonial o contractual en una sentencia. Basta observar que, para
la agenda de Sheinbaum, las figuras rodeadas de cuestionamientos pueden
terminar convirtiéndose en una carga política aunque nunca exista una
resolución judicial que los condene, razones por las que el tablero político
comienza a moverse y depurarse. La presidenta Sheinbaum no tiene por qué
sostener indefinidamente todas las herencias del movimiento que recibió.
Gobernar la segunda mitad del sexenio exige algo distinto: seleccionar
interlocutores, renovar equilibrios y construir lealtades que respondan
directamente a la Presidenta. En otras palabras, la cimentación del Claudismo.