CLAUDISMO: LA RECONFIGURACIÓN DEL PODER

 

 


 

Por Vladimir Rothschuh

 

El presidencialismo mexicano, lejos de haberse diluido con la transición democrática o la alternancia de siglas, mantiene intacta su esencia histórica: la concentración del poder en un vértice único desde el cual se irradia la disciplina, la cohesión y la sucesión. La arquitectura política nacional no admite diarquías duraderas. Todo el sistema gravita en torno a la voluntad superior del titular del Ejecutivo, pues en la cúspide de la pirámide no solo se toman las grandes decisiones de Estado, sino que se administra la permanencia del proyecto político a través del control de la disciplina territorial y legislativa. En vísperas del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta  Sheinbaum, el régimen atraviesa su verdadera aduana estructural. La primera etapa del sexenio estuvo marcada por el tránsito inevitable de la herencia: un gabinete, una bancada y un andamiaje regional confeccionados minuciosamente por su antecesor para garantizar la continuidad de sus intereses y proyecto. Sin embargo, el ejercicio del mando presidencial en México exige la edificación de una fuerza propia de quien ejerce el poder máximo en turno. Cada tres años, el sexenio se ve ineludiblemente sometido a la renovación del calendario electoral, una prueba necesaria del sistema, refrescando el Congreso Federal, las gubernaturas y los congresos locales. Es en esta coyuntura donde Claudia Sheinbaum no solo busca mayorías para gobernar, sino el blindaje político y presupuestal para el desenlace de su gestión. Cuatrienio tras cuatrienio, sexenio tras sexenio, el modelo innovador posrevolucionario de una monarquía electiva se reconfigura desde el pasado inmediato, que debe ser el humus de la nueva savia gobernante. Las recientes designaciones de Morena para los procesos de 2027 en entidades como Campeche, Colima y Aguascalientes, como las por venir, quiero creer que constituyen la primera piedra visible del andamiaje estrictamente Claudista. En la lógica incuestionable del sistema del partido gobernante, no deben existir candidaturas locales ajenas a la mirada de Palacio Nacional. Aunque se revistan de encuestas o deliberaciones internas, los perfiles decantados para operar las gubernaturas e impulsar las listas legislativas responden a un axioma claro: la lealtad directa al eje de autoridad que lo representa la presidenta Sheinbaum. Sin dobleces, nuestra mandataria ha de mantener la certeza de su ejercicio republicano, evitando que le broten deslealtades como ocurrió en el noroeste y que ha remontado desde otras facetas, achicando el crudo patriarcado. Esto es, Sheinbaum ha de construir con equipo propio la gobernabilidad de la segunda mitad de su mandato, así como la defensa de su legado frente al juicio de la historia y las tensiones de la sucesión. La Presidenta tendrá que desplazar progresivamente los contrapesos heredados para sustituirlos por claudistas con identidad propia. Los gobernadores que surjan de las 27 contiendas estatales, como la renovación del Congreso, serán las columnas que le sostengan la espalda. A punto de rendir cuentas sobre su segundo año de administración, la Presidenta manifiesta que la continuidad del movimiento no implica la subordinación perpetua a la figura original, debido a que nuestras prácticas políticas históricamente prohíben un poder bífido sobre el que nunca podrá descansar la base del federalismo y mucho menos las lealtades. Nuestro presidencialismo ha despertado de nuevo en su ritual más antiguo: la edificación pausada pero firme del poder alrededor de quien encarna la máxima figura constitucional: Claudia Sheinbaum.