La imagen no podía ser más
simbólica: miles de jóvenes hicieron fila durante horas en la UNAM para
escuchar a Angela Davis, ícono mundial del feminismo, el antirracismo y las
luchas por la emancipación. Mientras la UNAM recibía a Davis con honores,
estudiantes irrumpieron en el acto para denunciar violencia, represión y lo que
consideraron una apelación institucional de legitimarse mediante la
presencia de una figura internacional en el contexto feminista universitario.
La protesta terminó formando parte del propio acontecimiento. El
horizonte merece algo más que consignas, debido a que la UNAM ha
construido en los últimos años una extensa arquitectura institucional de
igualdad y atención a la violencia de género. Su propia estadística revela una
transformación que obliga a revisar el diagnóstico: las mujeres representan
alrededor de 52 por ciento de la matrícula y son mayoría en bachillerato, licenciatura
y posgrado; además, egresan por mérito propio y se titulan en proporciones
superiores a los hombres. Esto no significa que la desigualdad haya
desaparecido. En determinadas áreas académicas, administrativas y posiciones de
investigación persisten brechas importantes. Tampoco equipara que la violencia
de género haya dejado de existir. La Defensoría mantiene abiertos mecanismos
específicos para recibir y tramitar denuncias. Pero una cosa es reconocer esos
problemas y otra convertir cada estadística de denuncia en prueba automática de
que la violencia disminuye: estas también dependen de la disposición y de los
mecanismos institucionales para reportarlas. El cruel ejemplo es la “renuncia”
de la primera mujer en alcanzar la Secretaría General, Patricia Dávila,
removida como chivo expiatorio en un lodazal que los masculinos de la
burocracia resolvieron como en las épocas tenebrosas y arcaicas de quemar
brujas: la mujer es la culpable. Aquí comienza la discusión que la
argumentación no puede eludir: acerca la responsabilidad individual o de una
falla colectiva que terminó concentrando su costo político en una mujer, para
reemplazarla no por otra mujer como espacio de género, sino
para devolverle al mismo grupo de poder denominado batas blancas el
espacio inmerecido por una mexicana: en la Torre de Rectoría, no es tiempo de
mujeres. A esto también se refiere la presidenta Sheinbaum cuando habla
como Puma de Corazón, pues hay una desorientación más que académica,
conservadora partidista, donde la alta burocracia unamita es declarada
adversaria de la Cuarta Transformación, muy a diferencia del grueso
universitario donde alguna vez militó Sheinbaum en su juventud. La paradoja es
inevitable: un sector progresista de la UNAM trajo a Angela Davis como parte de
esa dialéctica irresuelta que anda coja cuando reclaman en su evento, y la
maldad edénica se la cobró a la Eva de la Secretaría General conforme los
viejos modelos del patriarcado. Invitar a grandes figuras del pensamiento
emancipador resulta alentador pero estéril si las estructuras universitarias
continúan operando bajo lógicas de chivo expiatorio y violencia patriarcal. La
verdadera transformación de la universidad no se debería medir por el aforo de
sus conferencias estelares, más bien por la capacidad de impartir justicia real
en sus aulas y de erradicar la costumbre secular de culpar al “sexo débil” por
los males que los hombres empoderados rehúsan asumir, como en los orígenes de
la Real y Pontificia Universidad de México.