Vladimir
Rothschuh
El
injerencismo como un temor del ostracismo chauvinista fue sepultado
definitivamente en Palacio Nacional. Edgar Morin en su libro sobre las
civilizaciones abundaba en que no hay encuentro entre dos mundos sino entre
personas. En el Palacio de Moctezuma ya no ocurrió ese desencuentro entre
civilizaciones representado por los Habsburgo y los Mexicas, sino de una misma civilización: el Rey borbón
Felipe VI y la presidenta Sheinbaum compartiendo una geografía familiar común.
Ambos son europeos y cada vez que se habla de espacios territoriales se cae en
la provocación extremista que separa y divide. El rey casado con una plebeya
provocó a la Corona y a la sociedad española; Sheinbaum de familia judía
europea insufla provocaciones en los extremismos de la izquierda y los
chauvinismos de derecha. López Obrador que inició el reclamó a la Corona
Española por sus crímenes en la Conquista y el Virreinato, presumía su origen
cantábrico y previo a su victoria presidencial visitó la tumba de su abuelo
José Obrador Revueltas en Ampuero; su esposa Beatriz es de origen alemán. Luego
del Edicto de Granada, los primeros europeos en llegar a América fueron judíos
buscando la Tierra Prometida en el Huevo de Colón. La primera obra filológica
de Europa y española la elaboró el judío Nebrija y la sapiencia de Alfonso El
Sabio la fecundaban los intelectuales judíos en la Corte de Toledo. El
encuentro entre del griego Felipe VI y la presidenta Sheinbaum fue magnífico en
su contexto, espacio histórico, representación cultural de sus terruños y la
proyección común por encima de la filosofía peninsular de Mariana Imaz o la
pasión musical de Letizia en los acetatos de Maná. El flow de Palacio Nacional
involucró además del pisa y corre del Rey Felipe, la frescura de Sheinbaum
reconociendo la victoria de Abelardo de la Espriella, superando de dos formas
el miedo injerencista extendido por los narcopolíticos zacatecanos que desde
hace tres décadas han prostituido nuestra democracia.
II.
Con seis años de retraso, Clara Brugada emprendió el acicalamiento mundialista
de la CDMX. La jefa de gobierno Sheinbaum se opuso entonces al Mundial de
Futbol, era uno de esos legados del neoliberalismo que dejaba Peña Nieto y que
su perfil de izquierda no congeniaba. Tampoco se mostró de acuerdo con la
carrera de Fórmula Uno porque era un “deporte de ricos” donde figuraba Felipe
Calderón con sus escándalos alcohólicos. En ambos cedió Sheinbaum, porque los
acuerdos entre López Obrador y Peña Nieto se respetaban, pero sin
suministrarles un centavo del erario; conservando firme su convicción hasta el
último momento cuando desairó con su ausencia la inauguración en el Azteca. Y
contra reloj Clara Brugada se puso a corregir lo que afeaba a la Capital de la
Transformación e intervenir lo que estructuralmente llevaba rato pospuesto,
como acaba de expresar, acotando que esta obra no es para el mundial, sino para
los chilangos. En esa coyuntura los
reclamos federales desatendidos se sumaron a la circunstancia mundialista y no
obstante, Clara Brugada conservaba firme su liderazgo en la CDMX y mantenía su
agenda de cara al Mundial. Ninguna de las protestas fue responsabilidad suya,
como lo eran las del magisterio de la Coordinadora; los
pensionados petroleros y de electricidad; los transportistas; los
colectivos agrarios; las madres buscadoras; los trabajadores de la salud y electricistas. Ninguna
de esas demandas formaba parte del entorno político o administrativo de la
Capital de la Transformación, sino que eran del ámbito nacional. Quienes
rezongaron contra la proyección nacional y mundial de “Clarita”, pues la veían
muy enfilada a Palacio Nacional en el 2030, no pudieron abatirla. Un
maravilloso mundial de futbol tuvo lugar y las brillantes obras de Brugada fueron
demasiado y lo seguirán siendo para quienes envidiaban el esmero de la Jefa de
Gobierno que en un año resolvió siete. Las secuelas brugadistas son plausibles
con sus acciones administrativas; consolidó un proyecto al 2030 como figura
política de resistencia.