Por Vladimir Rothschuh
Claudia Sheinbaum podría
encontrar en Wu Zetian una lectura
reveladora del poder femenino. Más sorprendente como estadista que
cualquier manual contemporáneo del feminismo: Wu revela a una mujer que desafió hace más de
trece siglos las jerarquías chinas que reservaban el mando supremo a los
hombres. Mao Zedong rescató a aquella única emperadora de la extinción
histórica de los cronistas confucianos y la convirtió en un referente de la
lucha contra el orden feudal vigente. Wu huérfana de padre desde niña, con
enormes dones para las artes, llegó como mucama al Palacio en 637 y terminó fundando en 690 su propia dinastía,
la Zhou. Entre ambos momentos construyó una carrera política que la llevó de la
servidumbre e intimidad imperial al centro de las decisiones del Estado. Su
ascenso confrontó al patriarcado, en disputas contra ministros, aristócratas y
familias que consideraban el poder una herencia masculina. La única “Emperador
de China”, reorganizó alianzas, promovió funcionarios por sus conocimientos y
utilizó el budismo para construir una legitimidad que el confucianismo le
negaba. Mao encontró en ella algo más allá que una excepción femenina, vio a
una gobernante capaz de administrar el Estado, seleccionar talentos y debilitar
el monopolio de las grandes familias. En 1975 reivindicó Mao su capacidad
política frente a una sociedad en la que el estatus de las mujeres estaba
subordinado a los hombres. La restauración tenía también una finalidad
ideológica: disputar a la historiografía tradicional el derecho de decidir
quién merecía reconocimiento y quién debía quedar sepultado bajo la
descalificación moral. La lección para la presidenta Sheinbaum no reside en imitar a la
emperatriz ni en convertir el feminismo maoísta en una consigna de
gobierno; consiste en advertir que
conquistar la cúspide del poder equivale a transformar las estructuras que lo
distribuyen. Wu Zetian desgarró una barrera de género y retó a las
élites hereditarias; su experiencia también manifiesta que el talento de
estadista debe juzgarse por el ejercicio del poder, no por el sexo de quien encabeza
el gobierno. La presidenta Sheinbaum tiene ante sí una pregunta que la historia
de Wu obliga a formular acerca de dónde puede llegar una mujer en el poder sin
reproducir las jerarquías que hicieron excepcional su llegada. La relectura de Wu Zetian merece entenderse
en ese riguroso contexto político, confrontada a los conservadores y a las
estructuras feudales; su condición de mujer dejó de ser una anomalía moral para
convertirse en evidencia de la arbitrariedad del viejo orden. Mao Zedong reinterpretó a Wu contra la
ortodoxia confuciana y décadas después el progresismo de Sheinbaum podría releerla
para reexaminar la distancia entre representación femenina y transformación
política. El patriarcado mantuvo la estela funeraria de Wu Zetian sin
inscripción a lo largo de los siglos. La historia oficial china, igual que la
mexicana, ha sido escrita por hombres encargados de silenciar, tergiversar o
borrar el liderazgo de las mujeres que osaron romper el techo de cristal machista.




