La muerte de Cuauhtémoc
Cárdenas abre un ciclo futuro en la política mexicana como lo inauguró José
Vasconcelos y no lo cerró Miguel Henríquez Guzmán. Antes del Ingeniero la
tradición política señala a Juan Andrew Almazán y a Ezequiel Padilla como parte
de esa estirpe de insurrectos indispuestos al sectarismo que después de la Revolución
se ceñía al verticalismo castrense. Un siglo después nuestra historia aunque
sea la historia del PRI, ésta no comienza con el PRI puesto que la rebeldía
contra el partido oficial tampoco nació en 1988: hubo personajes desde 1927
desafiando la sucesión presidencial, rompiendo con el poder y comprobando que
la unidad revolucionaria era, en buena medida, una disciplina impuesta desde
Palacio Nacional, siendo el vértice superior el episodio sangriento de Luis
Donaldo Colosio bajo la defección de Manuel Camacho Solís. Así que el ingeniero
Cárdenas en 1988 como este octubre de 2026, no abre ni cierra un ciclo, sino
que inicia el pendular de rupturas pasadas y venideras en el partido gobernante
y su élite oficialista, llámese como se llame tal lo como fue el PNR, PRM o el
PRI. Porque en 1929, cuando Plutarco Elías Calles impulsaba la creación del
Partido Nacional Revolucionario que pretendía organizar a las distintas fuerzas
revolucionarias bajo una misma estructura y resolver institucionalmente sus
disputas por el poder, Vasconcelos representó la rebeldía de enfrentar ese
proyecto desde las urnas. Su derrota no acabó con el sistema que combatía, el
aparato político y militar del régimen prevaleció, mientras el vasconcelismo
quedó como uno de los primeros grandes testimonios de la dificultad de disputar
el poder en condiciones desiguales. El Ulises Criollo dejó huella: el partido
oficial podía cambiar de nombre, institucionalizarse y organizar la sucesión,
sin que por ello desaparecieran las fracturas dentro del sistema político
mexicano. Vendrían después otros episodios: en 1940, Juan Andrew Almazán se
enfrentó al candidato oficial de Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y el
general Cárdenas no escatimó el uso brutal de la fuerza del Estado contra los
traidores políticos; en 1946, Ezequiel Padilla, antiguo integrante del gabinete
de Ávila Camacho, abandonó las filas gobernantes para competir contra Miguel
Alemán y en 1952, Miguel Henríquez Guzmán encabezó otra oposición con raíces en
el mundo revolucionario y con antiguos cuadros del régimen. Cada ruptura en las
filas del PNR, PRM o PRI, tuvo sus propias circunstancias, alianzas y límites.
Hoy que se despide el cuerpo físico de Cuauhtémoc Cárdenas se rememora a
Vasconcelos, Almazán, Padilla y Henríquez Guzmán. El Partido de Estado hizo
escuela, muchas de las rupturas contra él nacieron dentro de sus propias filas
debido a que formaba a sus dirigentes, les abría las puertas del gobierno y les
enseñaba las reglas de la disciplina; cuando esas reglas cerraban el paso a sus
aspiraciones o chocaban con sus convicciones, algunos se convertían en sus
adversarios como ocurre en estos momentos con tantos saltimbanquis que de la
noche a la mañana civilizadamente y sin alzarse en armas, amanecen con subsidio
público disfrazados de demócratas con una nueva camiseta partidista. La
oposición mexicana, de ayer y hoy, no se construyó únicamente desde fuera del
Partido de Estado, sino desde dentro alimentándose sistémicamente de las
fracturas del poder, logrando crear una cultura de muchas décadas. Hablar de
Cuauhtémoc Cárdenas es hablar de ese siglo donde desfilan Vasconcelos, Almazán,
Padilla, Guzmán y el Magnicidio de Lomas Taurinas.









