Por Vladimir Rothschuh
Cada vez que nos
pintamos el rostro de catrina estamos frente a uno de los retratos más
profundos de nuestro mestizaje irredento: la profecía de los Malinalcos o
brujos anunciando a Moctezuma su desgracia ante el regreso de Quetzalcóatl;
pero sobre todo, del atrevimiento del emperador asinando a los mensajeros de la
diosa lunar. Todos sabemos del miedo que unció a Moctezuma cuando se enteró que
Malinal (Malinche) venía al frente del ejército barbado y de cómo el
emperador quiso huir de su destino
suicidándose en las puertas de Mictlán en Chapultepec, y cómo intervino el dios
del inframundo, como Krishna ante Arjuna milenios antes, convenciéndolo de su
propósito a resolver como pieza necesaria de ese nuevo México que aparecería. La
profecía de la caída de Tenochtitlán se anunció mucho tiempo atrás con las
apariciones de las Cihuateteo o mujeres santas muertas en labor de parto que
ascendían como estrellas a acompañar a la Luna; cuyos bramidos no eran,
finalmente por sus hijos, sino por todos los mexicas que morirían ante el
regreso de Quetzalcóatl. Ay mis hijos, ay mis hijos, pervivió con voz sangrante
en la Ciudad de México casi tres siglos después y los cristianos mestizos acabaron
llamando La Llorona. Cada inicio de noviembre nuestro imaginario colectivo
vuelve a resucitar en los altares, las ofrendas, los disfraces y las
procesiones, la profecía de los Malinales entre el cempasúchil, las veladoras,
el pan de muerto y las calaveras de azúcar de aquella reminiscencia antigua y contradictoria: dos civilizaciones
que se encontraron violentamente y que todavía no terminan de reconciliarse. La
Catrina actual va más allá del origen gráfico de la Calavera Garbancera que Posada se
apropió de Manuel Manilla sin darle crédito y que Diego Rivera popularizó en un personaje
central de los días burgueses de La Alameda. La sacó Rivera del grabado
satírico del Taller de Antonio Vanegas, para darle con falsa elegancia otra
dimensión social. Esa calavera pasó de una crítica a las apariencias coloniales
y feudales a convertirse en una representación de 500 años antípodas. La Malintzin, La Malinal, personifica esa fractura mucho antes que la
indígena, intérprete y protagonista de la Conquista: era la genésica mujer
culebra, Cihuacóalt, cuya estampa virreinal quedó atrapada entre la historia y
la condena. El grito que todavía escuchamos en la leyenda tiene así una
resonancia prehispánica: Ay, mis hijos, resulta ser el reclamo femenino opuesto a Huitzilopochtli
bajo el lamento de un mundo pervertido por la religión de la muerte. Aquí confluye el otro significado de nuestro 1
y 2 de noviembre: regresan los muertos a comer con sus familias, regresa la
memoria de una identidad que nació de la conquista, la violencia, la
evangelización y la mezcla de dos cielos culturales. El altar mexicano amalgama
cruces con símbolos indígenas, flores de viejas liturgias con iconografías
católicas, frutos de la tierra mexica con una festividad incorporada al
calendario de la Iglesia. En ese escenario, La Catrina alcanza la dimensión de una novia o un país desvirtuado en su mestizaje o de una
maternidad histórica quebrada: la que cedió, la que malgastó y la que gimió su
descendencia. Cada noviembre vestimos de calavera a nuestras hijas e hijos,
levantamos altares, prendemos velas e inciensos y llenamos las calles de flores
y esqueletos, cuando lo que celebramos
es el origen de nuestra propia contradicción de aquel grito que viene de antes
de la Conquista y que la Colonia convirtió en leyenda: ¡Ay, mis hijos! La
Catrina sonríe cada 1 y 2 de noviembre, entre cempasúchil, ofrendas y
disfraces, para volvemos a encontrar con
La Malinche, con La Llorona y con aquella antigua diosa guerrera de la noche
adversaria del Sol: Malinalli.









