DE GUADALUPE VICTORIA A CLAUDIA SHEINBAUM

 


 


 

Vladimir Rothschuh

 

Desde Guadalupe Victoria hasta Claudia Sheinbaum, los informes de gobierno de la Presidencia de la República han representado la rendición de cuentas legal y cuantificable del Poder Ejecutivo ante el Congreso de la Unión y la nación. Frente a la inmediatez cotidiana y el encuadre político de las Mañaneras del Pueblo, la historia del Informe de Gobierno constituye el verdadero pulso de la naturaleza republicana de México: un devenir de rupturas, tensiones, continuidades e innovaciones.  La legitimidad del Jefe de Estado siempre ha sido el espejo de su tiempo. Así se reflejó en las disputas iniciales entre las logias masónicas yorkinas y escocesas, en las batallas campales entre liberales y conservadores, en el ritualismo reeleccionista del Porfiriato, en la hegemonía del PRI y sus partidos satélites, y en las posteriores alternancias partidistas de finales de siglo y comienzos de éste. Esa solemnidad del presidencialismo del siglo pasado sufrió un quiebre definitivo cuando la pluralidad irrumpió en el recinto parlamentario. Aquel andamiaje comenzó a fisurarse con Miguel de la Madrid tras ser interpelado en 1988, y se profundizó con los subsecuentes mandatos tricolores que enfrentaron bancadas de oposición: desde Carlos Salinas de Gortari recibido de espaldas por la izquierda, pasando por Ernesto Zedillo confrontado ante la máscara de cerdo, hasta el colapso del protocolo en 2006, cuando la toma de la tribuna impidió a Vicente Fox pronunciar su mensaje. Pero la ruptura total ocurrió con Felipe Calderón. Carente de legitimidad de origen tras la cuestionada elección de 2006 y ansioso por evitar el juicio directo de su contrapeso legislativo, su gobierno promovió la reforma constitucional de 2008 para que el Titular del Ejecutivo no tuviera que volver a San Lázaro a rendir cuentas presenciales. Aquella maniobra, nacida del temor a la confrontación, canceló un rito republicano bicentenario. Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador mantuvieron ese formato a distancia, consolidando el hábito de enviar el texto por escrito a través de la Secretaría de Gobernación y emitir mensajes paralelos. Hoy, la Presidenta Claudia Sheinbaum se sitúa en una posición histórica y democrática diametralmente opuesta por lo singular de su  elección y mandato. Respaldada por la votación más abrumadora jamás registrada en la trayectoria institucional de México, su legitimidad indiscutible contrasta de forma radical con las sombras y componendas del pasado. Con una autoridad política cimentada en la austeridad, la probidad y la medianía republicana, la Doctora Sheinbaum encarna la fortaleza institucional de un Ejecutivo que no requiere parapetarse tras decretos ni enviar emisarios para justificar su gestión como se lo ha dicho en más de una ocasión a sus consejeros políticos, siendo sus encuentros cotidianos con el pueblo su sello de autoridad. Su liderazgo no teme al escrutinio ni a la mirada pública, pues se sostiene en la coincidencia del proyecto de nación con el sentir de las mayorías, por lo que su propósito de volver a San Lázaro es una iniciativa vigente. La propuesta de restituir el formato presencial del informe y retornar a la tribuna del Congreso de la Unión constituye una verdadera lección de valentía y estatura republicana solamente capaz en ella. Lejos de buscar la comodidad del repliegue que caracterizó a las administraciones neoliberales, Sheinbaum demostrará la audacia de quien entiende que el poder público solo se engrandece cuando da la cara a la nación, en territorio y  entre la gente. La decisión de asumir los próximos años personalmente la alta tribuna de San Lázaro, desmantela desde ya el mal legado del calderonismo y rescata el espíritu de 1824 en su estado más puro. Como la primera mujer en conducir los destinos de la Patria, su presencia ante la representación popular no sólo dignificará la división de poderes, sino que redefinirá el ejercicio de la máxima magistratura: una Presidencia honesta, cercana y transparente que restaurará al pueblo de México el sagrado deber constitucional de rendir cuentas de cara a la historia como en nuestros anhelados orígenes del 1 de enero de 1825.