EL PROYECTO Y SUS PROPÓSITOS

 



 


Por Vladimir Rothschuh



En la mañana nublada, el Segundo Informe de Gobierno llegó para sollamar los espíritus infatuados y abrigar con camisas de fuerza la nueva proxenitud que alardea con nombres propios  destruir el proyecto y sus propósitos. Uno de los mensajes políticos más claros a su segundo año lo volvió a expresar la Presidenta de México: ningún interés personal puede colocarse por encima del interés del pueblo y de la nación. La frase llega fecunda, luego de  semanas en que han comenzado a mostrarse las primeras fracturas de la disputa por 2027 debido a que las aspiraciones individuales empiezan a mezclarse con candidaturas, posiciones, grupos de poder y caciquismo.  La Presidenta insiste en delimitar  los espacios de poder dentro de la  Cuarta Transformación desde su ejemplaridad de Segundo Piso: ella es el modelo de la real y verdadera medianía pues no tiene hijos, amigos, testaferros, desgarrando con corrupción el tejido  regenerativo de México.  Sheinbaum lo dijo a lo largo de su campaña, quien no entienda que los cargos son temporales yerra en los sinsentidos del poder por el poder.  En los albores del festín politiquero del 2027, la Presidenta fue muy razonable diciéndole más a los suyos que a los extraños que las candidaturas son circunstanciales mientras el proyecto político debe ser permanente. La Presidenta trazó una línea divisoria entre el servicio público y la utilización del poder para construir carreras, patrimonios políticos, grupos y cacicazgos. Apenas hace unos días  había reiterado que “ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la nación”, refrescando una antigua regla superior al partido y a sus protagonistas: el poder corrompe a las conciencias sin principios, el embeleso es deplorable. El Segundo Informe alcanza a todos aquellos que comienzan a comportarse como si la transformación fuera una suma de derechos adquiridos. A quienes confunden popularidad con candidatura, cargo con propiedad, grupo político con partido y aspiración personal con interés nacional, tendrán un mal fin. 2027 ya comenzó a producir comportamientos indeseables; la sucesión legislativa y las gubernaturas convierten al movimiento nacional en un campo de ambiciones bajas que rayan en la mezquindad de la desmemoria. Y cuando las aspiraciones se adelantan, la indisciplina política se vuelve fermento en la fragmentación del poder olvidando de dónde se proviene y a quién se debe esa soberanía concedida. Sheinbaum señaló el riesgo y esas ambiciones  deben ser subordinadas a una regla: primero el pueblo, después el proyecto, enseguida el partido y finalmente, el pueblo. La experiencia de la izquierda nacional en sus extintos partidos  explica abundantemente que los dirigentes que convirtieron el programa en instrumento de beneficio propio terminaron reproduciendo aquello que durante años  se combatió: el patrimonialismo político corrupto, los privilegios deshonestos y la apropiación de las instituciones por grupos delictivos.