Vladimir Rothschuh
El pasado sábado la Presidenta de
México volvió a aplicar el manual de fingimiento político como economía de
fuerzas. Muchas veces fingió inhabilidad; fingió desconocimiento; parecía estar distante pero ahora hace parecer que está cerca aceptando
la invitación del Presidente de Estados Unidos a la final futbolera. Sacó
Sheinbaum de sus cabales a los suyos, que ya se confiaban que la habían
radicalizado y convertido en una férrea chauvinista; desencajó a sus
adversarios que la creían vencida por la
monserga de los ajenos a su proyecto pero que le meten felizmente ruido a su
agenda. Opositores y aliados la
evaluaban estructurada en una sola columna dispuesta a romperse ante los
embates de la administración de Trump. Así es, el deporte de todos los días mexicanos
es exponer a la Presidenta de México a ver cómo le va. Y los sondeos revelan
que le está yendo bien para que surja la interrogante de unos y otros acerca de
qué están haciendo mal ellos para que Sheinbaum no se marchite en el florero de
la exhibición crónica. Y por enésima
ocasión la Presidenta saca el manual y lo aplica con destreza; conforme a los
versos de Lao Tse sobre la rigidez y la muerte o la flexibilidad y la vida; así
Sheinbaum se movió como el bambú acorde al viento sin ofrecer resistencia.
Trump es su aliado y no lo es; sus aliados domésticos lo son y no lo son; sus
adversarios domésticos se exasperan con la facilidad de la retórica y del
simulacro en que fluctúa, danzando a sus maneras hasta la provocación rabiosa
de su inasibilidad. De todo lo que ocurre en la agenda presidencial nada es
suyo y todo es suyo; poco a poco ha desbrozado su camino sin confrontar, sin
chocar con nadie y a su paso, el reguero de victimarios autodestruidos expresa
el donaire de la Mujer que Gobierna México. Si la última Tudor que inventó a
Inglaterra en 45 años de reinado encarna breviarios únicos del manejo político,
Sheinbaum podría ofrecernos variantes modernas de los laberintos
palaciegos que enfrenta una Jefa de Estado
y que ha sabido doblegar las embestidas del imperio vecino, como la mezquindad misógina de ambos lados. La retórica
es el instrumento que la califica muy bien en la consolidación de un
poder que hace dos años todos creían ser sus dueños y en la actualidad nada de
aquello les pertenece y si hay algo que les es suyo, es el descrédito por su
propia inmoralidad que los extermina. Aplicando el manual, sus manos están
limpias y es lo llamativo de las maneras
de aprendizaje bajo las presiones y amenazas del patriarcado. Porque el
masculino-masculino, doméstico e internacional, hacía suya a la primera mujer
gobernante de un país brutalmente machista; algo semejante le ocurrió a la
Reina Virgen que debió crear andamiajes hacia dentro y fuera de Inglaterra para
que la acuerparan sobreviviendo hasta la actualidad como M15 y M16. Intentan todos
ceñirla mientras se desdobla: las críticas acerca de su desordenada agenda diplomática, los chismes
palaciegos, el enjambre de las mañaneras y una discreta ropa hecha en casa pero
con niveles de blindaje altísimos, simplemente vociferan los dones de una Jefa
de Estado tan desnuda a todos como tan oculta a todos en la glosa del I Ching:
treinta radios convergen en el centro de una rueda, pero es el vacío
del eje lo que hace andar al carro. De lo visible proviene el beneficio, pero
de lo invisible proviene la verdadera utilidad. Sheinbaum es su paradigma.