LOS DONAIRES DE CLAUDIA

 



 

Vladimir Rothschuh

 

 

El pasado sábado la Presidenta de México volvió a aplicar el manual de fingimiento político como economía de fuerzas. Muchas veces fingió inhabilidad; fingió desconocimiento; parecía  estar distante pero  ahora hace parecer que está cerca aceptando la invitación del Presidente de Estados Unidos a la final futbolera. Sacó Sheinbaum de sus cabales a los suyos, que ya se confiaban que la habían radicalizado y convertido en una férrea chauvinista; desencajó a sus adversarios que la creían vencida  por la monserga de los ajenos a su proyecto pero que le meten felizmente ruido a su agenda.  Opositores y aliados la evaluaban estructurada en una sola columna dispuesta a romperse ante los embates de la administración de Trump. Así es, el deporte de todos los días mexicanos es exponer a la Presidenta de México a ver cómo le va. Y los sondeos revelan que le está yendo bien para que surja la interrogante de unos y otros acerca de qué están haciendo mal ellos para que Sheinbaum no se marchite en el florero de la exhibición crónica.  Y por enésima ocasión la Presidenta saca el manual y lo aplica con destreza; conforme a los versos de Lao Tse sobre la rigidez y la muerte o la flexibilidad y la vida; así Sheinbaum se movió como el bambú acorde al viento sin ofrecer resistencia. Trump es su aliado y no lo es; sus aliados domésticos lo son y no lo son; sus adversarios domésticos se exasperan con la facilidad de la retórica y del simulacro en que fluctúa, danzando a sus maneras hasta la provocación rabiosa de su inasibilidad. De todo lo que ocurre en la agenda presidencial nada es suyo y todo es suyo; poco a poco ha desbrozado su camino sin confrontar, sin chocar con nadie y a su paso, el reguero de victimarios autodestruidos expresa el donaire de la Mujer que Gobierna México. Si la última Tudor que inventó a Inglaterra en 45 años de reinado encarna breviarios únicos del manejo político, Sheinbaum podría ofrecernos variantes modernas de los laberintos palaciegos  que enfrenta una Jefa de Estado y que ha sabido doblegar las embestidas del imperio vecino, como  la mezquindad misógina de ambos lados.  La retórica  es el instrumento que la califica muy bien en la consolidación de un poder que hace dos años todos creían ser sus dueños y en la actualidad nada de aquello les pertenece y si hay algo que les es suyo, es el descrédito por su propia inmoralidad que los extermina. Aplicando el manual, sus manos están limpias y es lo  llamativo de las maneras de aprendizaje bajo las presiones y amenazas del patriarcado. Porque el masculino-masculino, doméstico e internacional, hacía suya a la primera mujer gobernante de un país brutalmente machista; algo semejante le ocurrió a la Reina Virgen que debió crear andamiajes hacia dentro y fuera de Inglaterra para que la acuerparan sobreviviendo hasta la actualidad como M15 y M16. Intentan todos ceñirla mientras se desdobla: las críticas acerca de su  desordenada agenda diplomática, los chismes palaciegos, el enjambre de las mañaneras y una discreta ropa hecha en casa pero con niveles de blindaje altísimos, simplemente vociferan los dones de una Jefa de Estado tan desnuda a todos como tan oculta a todos en la glosa del I Ching: treinta radios convergen en el centro de una rueda, pero es el vacío del eje lo que hace andar al carro. De lo visible proviene el beneficio, pero de lo invisible proviene la verdadera utilidad. Sheinbaum es su paradigma.