HERNÁN CORTÉS - MIGUEL HIDALGO: INDEPENDENTISMO

 




Por Vladimir Rothschuh

 

Nuestra memoria nacional ha colocado el 15 de septiembre porfiriano de 1896  como el punto de partida de nuestros festejos independentistas,  siendo que el Grito de Dolores es la suma de otras iniciativas semejantes. Durante el Virreinato se acumularon conflictos sucesivos en torno a una misma duda: quién debía ejercer el poder sobre un territorio conquistado, poblado y habitado por generaciones que ya no tenían a España como experiencia inmediata, sino como una autoridad distante y voraz. En 1528, los conquistadores comenzaron a enfrentarse con los funcionarios enviados por la Corona. Alrededor de Hernán Cortés surgió la posibilidad de romper con las disposiciones de la metrópoli, aunque el conquistador prefirió negociar con Carlos V títulos nobiliarios y prebendas, dejando atrás a quienes pretendían llevar la ruptura a sus últimas consecuencias. El germen resucitó en 1566 con la siguiente generación mexicana: Martín Cortés Zúñiga, II Marqués del Valle, y Martín Cortés “El Mestizo”. La facción criolla se reconocía como nacida en suelo novohispano y con intereses propios. La conspiración impulsada junto con los hermanos González de Ávila pretendió derribar a la Real Audiencia y colocar a Martín Cortés, oriundo de Cuernavaca, como rey de la Nueva España, pero la Corona respondió con ejecuciones, prisión y destierros. En 1624, las tensiones alcanzaron al virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves, cuyo gobierno fue derrocado por un motín popular en la Ciudad de México que demostró la vulnerabilidad del poder virreinal en su propia sede. Años más tarde, en 1642, Guillén de Lampart articuló un proyecto de emancipación que incorporaba a indígenas, esclavos y sectores marginados; acusado por la Inquisición, permaneció en prisión hasta su ejecución en 1659. Las dimensiones del conflicto continuaron ampliándose. En 1660, la rebelión indígena de Tehuantepec desafió los abusos de las autoridades locales y el peso de las cargas tributarias. En 1692, la escasez de maíz y el acaparamiento de granos desataron un estallido social masivo que culminó con el incendio del Palacio Virreinal. El hambre y la marginación se consolidaron como motores de la protesta contra el régimen. Durante el siglo XVIII, el orden colonial volvió a ser sacudido. En 1761, Jacinto Canek encabezó en Yucatán una insurrección indígena brutalmente reprimida, mientras que en 1786 las crisis agrícolas y la especulación alimentaria provocaron nuevos motines violentos contra los acaparadores de grano. En las postrimerías del régimen, la conspiración de los machetes de 1799 confirmó que las ideas de transformación política permanecían latentes en la capital. Finalmente, la invasión napoleónica a España en 1808 y la abdicación de Fernando VII trasladaron la discusión al problema central de la legitimidad: desprovista la metrópoli de rey, la soberanía debía volver a los habitantes de la Nueva España. La pregunta que en 1528 inició como una disputa señorial entre los conquistadores y la Corona adquirió, casi tres siglos después, una escala social ineludible. Entre 1528 y 1810 hubo una acumulación paulatina de choques de legitimidades: criollos contra peninsulares,  comunidades contra instituciones;  poder popular contra   poder virreinal.