A una semana de rendir su segundo informe de gobierno, la Presidenta de México enfrentó uno de los embates más complejos y reveladores de los últimos veinticuatro meses: un asalto donde la inercia patriarcal y el cálculo político regional pretendieron desestabilizar el pacto federal. Es vergonzoso, pero hay una cicatriz en la democracia mexicana ocurrida el viernes pasado bajo una asonada fallida que aun merece corregirse conforme a la ley para evitar futuras réplicas. Lo acontecido en el noroeste del país no representó un suceso aislado ni coyuntural; por el contrario, respondió a un engranaje donde confluyeron complacencias, inercias oscuras y padrinazgos opacos. Aquella maniobra fue un burdo ensayo diseñado para medir la temperatura política en Palacio Nacional y Washington, apostando a que la máxima investidura del país cedería ante la presión, el chantaje o la provocación estridente. En ese arrebato, la herencia machista y las viejas costumbres del poder local parecieron perder toda cordura. Acostumbrados a la dominación y no al ejercicio democrático, probaron desafiar los equilibrios internacionales e ignorar las inevitables repercusiones geopolíticas que desencadenaría una quiebra constitucional; omitiendo que una crisis de tal magnitud abriría la puerta a tensiones del exterior, amenazando la soberanía misma bajo la narrativa de una restauración democrática frente a la complicidad del crimen y la política; injerencismo le dicen los cínicos. Sin embargo, la firmeza republicana redefinió el desenlace. El punto final a ese manoseo sexista del desempeño público lo puso categóricamente la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Frente a quienes fraguaron la insubordinación desde visiones profundamente regresivas, la Presidenta de México desmanteló la
provocación sin caer en las trampas del espectáculo diario ni comprometer la dignidad de la investidura. Fue una lección magistral de autoridad: desarmar al adversario no mediante la confrontación desmedida, sino utilizando la propia inercia y fuerza de los facciosos en su contra. Al igual que en el arte del aikido, ejercicio que practica de manera constante la presidenta Sheinbaum, supo neutralizar la energía de los contrarios y redirigirla contra ellos mismos. Con templanza, sobriedad y contención, aplacó las pretensiones trasnochadas de quienes creían poder doblegar al centro de la República. La respuesta institucional abrió los ojos de los sediciosos a la realidad de sus actos: la historia mexicana ha registrado pasajes oscuros de personalismos y gobernadores sublevados que ensangrentaron la tierra y a ellos mismos, pero la madurez democrática actual no permitió la repetición de semejantes regresiones provincianas. Los recientes acontecimientos demostraron que el país ha avanzado. Las desbordadas ambiciones nutridas por abuso del poder por el poder han tenido que encauzarse nuevamente a los márgenes del orden constitucional. Frente a la tentación del quiebre, el partido guinda, sus dirigencias y sus gobernadores terminaron por adosarse y disciplinarse en torno al único elemento que otorga cohesión, estabilidad y rumbo a la nación: Claudia Sheinbaum. El orden político de la nación descansa estructuralmente en la figura del Poder Ejecutivo, eje gravitacional sobre el cual se articulan las fuerzas federales. Quedó claro que la ausencia de principios se degrada inexorablemente en arrogancia y las instituciones estatales no están configuradas para alimentar vanidades individuales ni agendas de facción, sino para resguardar la dignidad, la soberanía y la esperanza colectiva. Este uno de septiembre, al conmemorarse un año más de ejercicio soberano de la primera mujer Presidenta de México, la lección resulta contundente: por encima de cualquier nombre propio, de cualquier grupo de presión o de cualquier interés particular, se yerguen inalterables el pueblo y la Nación.