CONTROL, EDUCACIÓN Y REDES

 



 


Por Vladimir Rothschuh

 

Uno de los mejores indicadores del INEGI acaba de revelarnos que  los mexicanos hemos superado los paternalismos del Estado,  la familia, la partidocracia y  la Iglesia.  Desde años atrás, la cifra de nacimientos viene a la baja, coincidiendo con la era digital que cambió  la manera de comunicarnos  y también quién tiene derecho a hablar sobre el cuerpo, la sexualidad, la pareja, la reproducción y la familia. Durante siglos, buena parte de esas conversaciones estuvo bajo el control de instituciones que establecían qué era permitido, correcto o aceptable. La Iglesia administraba la moral; el Estado instituía leyes; la familia ejecutaba reglas y la partidocracia convertía buena parte de esas definiciones en materia de legislación y política pública. Internet y las redes sociales  aceleraron  la transformación de las costumbres de nuestro largo mestizaje cultural, poniendo a millones de mexicanos en experiencias compartidas,  conocimientos  individuales y opiniones plurales en la palma de la mano. La sexualidad dejó de ser un asunto que se desorientaba en casa, en la iglesia o en la escuela. Hoy también se aprende, se discute y se contrasta en plataformas digitales.  Esto no  significa que las redes sean una escuela perfecta; también difunden  mitos, violencia, discursos de odio y desinformación.  Convertir esos riesgos en una condena general de la era digital es tan simplista, para que la SEP hoy muestre aquel rostro decimonónico de los poderes fácticos como del Estado interventor y regulador. Las nuevas generaciones hoy pueden consultar especialistas, escuchar experiencias de otras personas, conocer diferentes modelos de pareja y acceder a información sobre anticoncepción; ya no depende exclusivamente de la autoridad que le tocó por nacimiento: los chicos comparan se informan, entre parejas deciden y cuestionan.  Naciones Unidas reconoce que la educación integral puede desarrollarse también mediante plataformas digitales y advierte que la información incompleta o contradictoria deja a los jóvenes expuestos. Las nuevas medidas anunciadas para controlar los celulares en las escuelas remiten al fracaso de lo prohibitivo en vez de otorgar una materia curricular que eduque conforme a las nuevas tecnologías. Quienes están contra el uso de celulares en las escuelas son gente mayor como Susan Greenfield, Shoshana Zuboff, Saskia Sassen , Chomsky y Sennet; otro ejemplo de arcaísmo lo sintetiza Trump insistiendo en un mundo atado al petróleo y haciendo a un lado la agenda verde.  El error de cierta gerontocracia política consiste en observar a la nueva tecnología desde el mundo industrial que la precedió. Desde ahí, las redes aparecen como amenaza porque desordenan jerarquías, cuestionan autoridades y hacen visibles conductas que antes permanecían privadas.  Nada es un exceso; la digitalización no puede juzgarse únicamente por lo que nos incomoda, pues la Iglesia ya no tiene el monopolio de la moral sexual; el Estado ya no controla por sí solo la información; la familia ya no es la única transmisora de valores. Y la partidocracia tampoco puede pretender que las nuevas generaciones acepten sus definiciones sobre familia, género, derechos o reproducción sin someterlas a discusión. Para la presidenta Sheinbaum, Mario Delgado y Rosaura Ruiz, el desafío no consiste en regresar al mundo anterior a las redes, sino en conseguir que la libertad informativa vaya acompañada de educación, responsabilidad y capacidad crítica.