ARROGANCIA DEL PODER

 



 

Vladimir Rothschuh

 

A horas de su segundo informe presidencial, Claudia Sheinbaum arroja un balance crucial de su gestión, la mandataria no se erige como el eco de un mandato ajeno, sino como la ejecutora de un poder propio, templado en la disciplina y afirmado en el quiebre paulatino de las dinámicas de complicidad que amenazaban con asfixiar su responsabilidad otorgada por el pueblo. La distancia entre la retórica y la práctica se mide en los contrastes: su agenda diaria es de trabajo acosada por el entorno del régimen saliente marcado por el tufo del nepotismo, los negocios al amparo de las relaciones criminales y la normalización de la impunidad como divisa política. La Presidenta de México ha debido marcar una línea de fuego: ni los afectos personales ni las lealtades del pasado han servido de salvoconducto. El juego de sombras que durante seis años pretendió proyectar una figura cruelmente patriarcal sobre  Palacio Nacional, comenzó a esfumarse no desde hoy, sino desde el primer minuto que Sheinbaum asumió el poder y fue sellando distancia con todo aquello que ella no era: deshonestidad, corrupción, fraudes, nepotismo. La política mexicana, históricamente proclive a la subordinación y al culto a la personalidad, presencia hoy la recomposición de la autoridad de la Presidenta de México que rechaza someterse al dictado de quienes aspiran erigirse en gobernantes de facto y a quienes el pueblo no otorga el mínimo crédito, si es que alguna vez lo hubo bajo la demagogia populista. Los intentos por desafiar la soberanía institucional, ya sea mediante la restitución de operadores controversiales ligados al crimen organizado o a través del despliegue de audacias internacionales encarnadas en figuras nepóticas agraviantes, revelan la desesperación de un  viejo régimen soterrado por mantener el control del escenario frente a potencias externas e instituciones nuestras. Esos estertores  de poder, han puesto a prueba la templanza de Sheinbaum: la figura de la Presidenta no se presta como escudo protector de la corrupción, ni está dispuesta a pagar los costos políticos de agravios que no le pertenecen y que jamás habrían de serlo debido a su impoluta vida tanto privada como pública porque no ha robado, no ha matado, ni mentido.  El desenlace de esta altanería exaltada durante estas semanas, evoca episodios inevitables de la historia nacional. Así como el cardenismo quebró las cadenas del absolutismo revolucionario para refundar la autoridad del Estado, el presente exige la cancelación definitiva de cualquier tutelar sombra. El mensaje de la Presidenta de México emitido a la Nación en sus redes sociales nos convoca a la unidad en torno suyo con la contundencia de un mandato categórico: el poder sin principios deviene invariablemente en arrogancia; el poder ejercido sin límites degenera en abuso;  aquel que da la espalda al ciudadano termina derrotado ante el juicio severo de la historia; ningún interés particular, por arraigado que esté en la estructura del pasado, puede ostentarse por encima del futuro ni de la dignidad de México. De la figura reservada de otros tiempos no resta más que el aprendizaje procesado. Hoy se alza una Presidenta de México firme, consciente de que los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad con el país es eterna. Por encima de cualquier nombre o pretensión de dinastía, el ejercicio de la Presidencia de la República bajo la primera mujer mandataria se consolida y legitima sin ataduras.