UN CHALECO ANTIBALAS

 



 Vladimir Rothschuh 


La estrategia para eludir el costo político se ha vuelto una fórmula tan trillada como peligrosa cada vez que se usa la autoridad del expresidente de México como blindaje personal. Este recurso, utilizado hasta el cansancio durante las crisis de figuras como Adán Augusto López, Rubén Rocha Moya, Marina del Pilar y los colmos, Cuauhtémoc Blanco, Rodríguez Padilla y etcétera, escala niveles de estulticia. Es indispensable asentar un principio básico de ética pública: los ilícitos, excesos y omisiones cometidos por militantes, funcionarios, gobernadores o legisladores son estrictamente eventos de responsabilidad personal. Pretender que la figura del exmandatario funcione como un chaleco antibalas para encubrir fallas propias no solo es éticamente insostenible, sino que exhibe un infantilismo político exagerado. En el entorno que rodea la dirigencia nacional guinda, este hábito de buscar amparo en el referente paternal refleja la fijación de una conciencia colectiva lastimada que, lejos de asumir la madurez que exige el ejercicio del poder, perpetúa una nefasta herencia de irresponsabilidad institucional. Este patrón es la manifestación de un diseño de poder que privilegió la lealtad personal sobre la solvencia técnica y la rendición de cuentas. Durante años, el aparato guinda construyó su cohesión interna apelando a la figura tutelar obradorista como cemento ideológico, y ahora cosecha las consecuencias de esa dependencia: cuando el liderazgo original se retira del primer plano institucional, la orfandad política resultante empuja a los cuadros de primera y segunda línea a invocar su nombre no como inspiración programática, sino como escudo defensivo ante cada escándalo. El problema de fondo trasciende las dirigencias de Montiel, Citlalli o a cualquier funcionario partidista en particular. Se trata de una cultura política que ha normalizado la sustitución del análisis por la lealtad y de la autocrítica por la épica del movimiento. Cada vez que surge una crisis —ya sea un asesinato con ribetes de crimen organizado, un desvío de recursos, misoginia o una negligencia administrativa— la respuesta institucional privilegiada no es la investigación rigurosa ni la separación del cargo de los responsables directos, sino la construcción de una narrativa que traslada el conflicto al terreno simbólico, donde utilizar al fundador del movimiento se confunde deliberadamente con defender a quienes hoy ocupan posiciones de poder. Esta confusión opera como una cortina de humo que impide el escrutinio ciudadano y desactiva cualquier exigencia de deslinde de responsabilidades. Al mismo tiempo, erosiona el propio legado que se dice proteger, pues convierte al expresidente López Obrador en rehén permanente de los errores ajenos, exponiéndolo a un desgaste que él mismo no provocó pero que termina salpicándolo por la vía del silencio cómplice de quienes no deberían estarlo invocando. La responsabilidad política, entendida en su sentido más elemental, exige que quien ejerce el poder público responda por sus actos ante las instituciones y ante la ciudadanía, no ante la memoria de un liderazgo pasado. Mientras la dirigencia morenista continúe recurriendo al mismo libreto —diluir la culpa individual en la figura colectiva del movimiento y su fundador—, este partido seguirá reproduciendo la misma fragilidad institucional que hoy lo mantiene atrapado en un ciclo de crisis recurrentes. La madurez política no se hereda ni se invoca: se ejerce y comienza por aceptar que cada militante, funcionario, gobernador y legislador debe responder por cada uno de sus actos.