HUGO AL 2030

 


 

 Vladimir Rothschuh



 La mejor versión del ministro Hugo Aguilar Ortiz es la que él mismo construye de sí. De forma análoga a como Honoré de Balzac pincelaba a los personajes de sus obras: con su figura menuda, su característico bigote, las guayaberas bordadas con grecas indígenas, su hablar pausado y sus expresiones moderadas, el Ministro Presidente condensa la suma de cinco siglos de resistencia y cultura de los pueblos originarios. Aunque se ostenta puro Ñuu Savi, es en realidad resultado del mestizaje que funda los múltiples Méxicos que moldean culturas, lenguas, religiones y diversidades sociales. Esa impronta pone en entredicho la célebre sentencia de Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, donde el poeta atribuye la cortesía mexicana al refinamiento de la Corte virreinal del altiplano. Existe una sustancia más profunda en los pueblos originarios que enriquece esa manifestación suave del comportamiento colectivo, y que no necesariamente nació en el Centro, aun cuando Antequera —hoy Oaxaca— haya perfilado conductas a través de sus haciendas, iglesias y conventos. La figura étnica de Aguilar Ortiz en el Poder Judicial decanta de la mejor manera la reforma histórica y popular de este poder del Estado. Su trayectoria, centrada en el pluralismo jurídico, los derechos humanos y las causas de los pueblos indígenas, proyecta una imagen de reforma social exenta de estridencias ideológicas, que concilia la agenda de la Cuarta Transformación con el rigor constitucional. Ese estilo sobrio genera certeza en los sectores económicos y se traduce en predictibilidad jurídica. Esa misma red de su ADN le permite tejer equilibrios internos y externos. Destaca su relación institucional fluida con la presidenta Claudia Sheinbaum, que lo posiciona como interlocutor confiable, más interesado en la estabilidad de la reforma judicial que en las disputas de facción. En poco más de un año, ha construido un liderazgo que actúa como contrapeso dentro del Pleno, concilia posturas entre los ministros de la nueva etapa y evita la parálisis operativa del máximo tribunal. Sostiene, además, un diálogo fluido con el Congreso, superando la vieja confrontación del interpretativismo constituyente, en la que la Suprema Corte pretendía legislar por encima del órgano soberano. Esas virtudes cobran relevancia justo cuando se discute la reconfiguración de la SCJN. El nudo central está en la antinomia entre el artículo 94 y el artículo 97, que nunca fue derogado y que faculta al Pleno a elegir a su presidente por cuatro años mediante voto interno. La reforma judicial de mayo de 2026, que pospuso a 2028 la elección de jueces y magistrados, dejó intacta la contradicción y la propia presidenta Sheinbaum ha reconocido en su conferencia matutina la existencia de ese conflicto normativo. En el Pleno se perfila ya un bloque de ministros dispuesto a inclinar la balanza hacia la permanencia del ministro presidente. En un contexto donde la transformación judicial sigue incompleta de cara al proceso electoral de 2028 y a la consolidación del "Segundo Piso" de la Transformación, no hay margen para que dos pasos hacia adelante se conviertan en cuatro hacia atrás, arriesgando la certidumbre en el Estado de Derecho. Que Hugo Aguilar Ortiz complete un mandato ampliado no es solo la salida técnica a una antinomia constitucional: es, sobre todo, la apuesta por sostener al frente del Poder Judicial un perfil que ha sabido traducir sentencias por la gobernabilidad de México.