SCJN: APERTURA SIN FLAQUEZAS

 


 

Vladimir Rothschuh

 

Cumplió su primer año la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación presidida por Hugo Aguilar, con una premisa que rompe la vieja liturgia togal: la justicia debe dejar de ser un capitolio para convertirse en muchos espacios cercanos a los muchos pueblos que son los muchos Méxicos. Durante décadas, el Poder Judicial se construyó a sí mismo como un templo distante, protegido por fórmulas herméticas y por un cripto lenguaje que solo los iniciados podían descifrar. La nueva SCJN conducida por Aguilar Ortiz tiene sello propio: un Poder Judicial que sale de sus oficinas y se encuentra con el país real y  que reconoce que la ley, para tener sentido, tiene que hablar el idioma de quienes la necesitan. La justicia,  conforme  a estas premisas, no puede esperar a que los ciudadanos lleguen hasta ella, debe recorrer el territorio, escuchar a las comunidades y reconocer que México rebasa  los escritorios de ministros, magistrados y jueces. Es una idea presuntamente  sencilla: aceptar que la ley escrita no agota la experiencia de la justicia, y que entre el texto normativo y la vida cotidiana de millones de mexicanos existe una distancia que las judicaturas tienen la obligación de acortar. La justicia pluricultural  es una dimensión significativa hacia la diversidad de reconocer la complejidad del país ampliándola a otras voces,  a otras comunidades y a otras formas de entender la relación entre sociedad y Estado: pueblos indígenas, comunidades históricamente ignoradas, visiones originarias  del derecho que no siempre encajan en el molde occidental clásico. Merece este gran  proyecto del ministro presidente Hugo Aguilar, perdurar  en una SCJN  más cercana pero no por ello  más vulnerable a las presiones del entorno. Escuchar a la sociedad  tiene retos de obediencia ante la ley, pues  dialogar a veces se confunde con  complacer el voluntarismo de pobres y poderosos. La legitimidad que  la SCJN gana  abriendo sus puertas  puede diluirse si esa apertura se confunde con debilidad, si el diálogo se transforma en subordinación;  es ineludible evadir que la proximidad erosione la autoridad moral que un tribunal necesita para decir "no" cuando la ley y lo justo así lo exigen guardando el punto medio del equilibrio. Equilibrio que es  la prueba decisiva para Hugo Aguilar Ortiz debido a que su proyecto reconcilia dos reivindicaciones que durante mucho tiempo parecieron incompatibles: una justicia próxima a las personas y una Suprema Corte suficientemente fuerte para ejercer su autonomía frente al poder político, económico y social.  Por su origen indígena y siglos de marginación, la voz del Ministro Presidente sostiene  la humildad de quien escucha y la firmeza de quien decide; en otras palabras, el indígena mixteco muestra la apertura de quien dialoga y la independencia de quien no se deja arrastrar por las presiones. La verdadera evaluación de este primer año supera la verborrea populista, descansando en la experiencia concreta de quienes buscan justicia muy real y demasiado verdadera, sabiendo que esta reforma judicial cubre expectativas  de menor distancia en una práctica de impartición cotidiana y verificable. El primer informe de Hugo Aguilar, esperemos que haya tres más,  ha colocado sobre la mesa una apuesta ambiciosa, quizá la más ambiciosa que se ha planteado en la historia reciente del Poder Judicial mexicano: transformar su cultura desde dentro  haciéndolo más transparente y  horizontal sin volverlo débil,  más abierto sin sacrificar la independencia que le da sentido a nuestro Máximo Tribunal de la Nación.