¡ES HARFUCH¡

 



Por Vladimir Rothschuh

 

Es el mejor evaluado del gabinete de Claudia Sheinbaum y representa aquello que todos los mexicanos están pidiendo desde hace décadas y lo viven cotidianamente: seguridad en sus vidas, en sus familias, en su comunidad. Si la ambición de la hilandera de Palacio Nacional es tejer paz, Harfuch es la mejor puntada en esa urdimbre, pues representa algo que no ha conseguido resolver el gabinete con sus cuadros más ideologizados: resultados que pueden convertirse en confianza pública. El capital de Harfuch no procede de las asambleas, las consignas ni las disputas de las tribus; se viene construyendo bajo el escrutinio de una ciudadanía que reclama datos duros y fiables sin abrazos, sin balazos, con inteligencia. Llamarle uno de los eslabones que sostienen a Sheinbaum frente a los halcones de su propio movimiento, como aquellos que hace dos años ya se repartían mentalmente el futuro político del país, puede ser supletorio; es más bien el "efecto omega" que blinda invisiblemente a la Presidenta de México. Pues está más que visto tras la depuración del falso legado de honestidad, que el poder tiene sus propios tiempos y la realidad suele desbaratar los pronósticos de quienes confunden pertenencia partidista con derechos hereditarios. Hoy que ya no hay vida dentro del clóset y la diversidad ocupa su lugar en la clase política, el Pedro Infante de Manuelito Velasco es tan Batman como el de una servidora pública que hace con inteligencia artificial una postal abrazando a Harfuch tras la pasión perfilada del Caballero de la Noche o un galancete de matiné. Las diferencias no deberían importar: el secretario estaba posicionado antes de que los lorquianos ay verde que te quiero verde lo redescubrieran ante la lámpara de Diógenes al mediodía. Ningún respaldo inventa a Harfuch, pero sí permite proximidad a un capital político que no les pertenece. Los verdes, ya con casi media docena de gubernaturas en su topbag, han hecho de esa estrategia una constante: identificar oportunidades, negociar posiciones y convertir sus votos legislativos en influencia dentro de las coaliciones. La presidenta Sheinbaum ha querido cerrar anticipadamente la conversación sucesoria. Harfuch, por su parte, sostiene que su única agenda es la seguridad, aunque su mandíbula luzca distinta, como aquella Claudia de CDMX que comenzó a peinarse con cola de caballo. Ambos tienen razones para evitar que 2030 distraiga al gobierno. Pero el silencio oficial no cancela las realidades políticas ni impide que los partidos midan fuerzas. Entre el aserrín mundanal de corcholatas, la diferencia marcada parece ser Harfuch por su desempeño profesional y la confianza que ha conseguido construir con nuevas estrategias de inteligencia policial. Los sondeos mensuales que lo tienen a la cabeza del gabinete hablan por sí solos para no proclamarse heredero ni organizar una corriente a su nombre con tal de aparecer en la narrativa. Tampoco requiere de muletas verdes para adquirir relevancia frente a los guindas, donde las independencias se someten constantemente a crítica. Ahí Harfuch constituye una pieza estratégica para la presidenta: su eficacia está en resolver las necesidades de Sheinbaum en seguridad pública, sosteniendo una relación de confianza sin convertirla en una disputa pública por el poder.