FANFARRIA Y PEDIGRÍ

  


Por Vladimir Rothschuh

 

Los grandes acontecimientos de México siempre llegan de fuera, desde nuestros orígenes somos globalistas. La Independencia se gestó tras la invasión napoleónica a España y se alimentó de la Ilustración y las revoluciones de Estados Unidos y Francia. Nuestras repúblicas del siglo XIX copiaron el modelo estadounidense o el liberalismo europeo, mientras que los imperios de Iturbide y Maximiliano respondieron a intereses importados. Incluso la Revolución de 1910 bebió de las aguas del positivismo comtiano, el anarquismo y el liberalismo. De ahí nació la Constitución de 1917, pionera del derecho social que se adelantó a la de Weimar. Nuestro acendrado chauvinismo posrevolucionario compartió la cromática garibaldina además de los valores del Duce como Partido de Estado. El “milagro mexicano” no fue sino la versión local del modelo de sustitución de importaciones promovido por la CEPAL en toda América Latina. El 1968 mexicano tampoco fue la excepción, respondió a una ola planetaria: la Guerra de Vietnam, Praga bajo los tanques soviéticos, el Mayo francés y los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Amor y paz, drogas y sexo, en México el movimiento nació de una trifulca estudiantil reprimida con ferocidad y escaló entre marchas, la ocupación militar de la UNAM y la sombra de los Juegos Olímpicos. En el fondo palpitaba la sucesión presidencial. El golpe de Luis Echeverría para someter a Díaz Ordaz y al Ejército culminó en la tarde trágica del 2 de octubre en Tlatelolco. Echeverría obtuvo la candidatura en 1969, gobernó el país y, décadas después, moriría impune. De aquella herida brotaron las transacciones caribeñas de las guerrillas de los años setenta. Luego llegó el neoliberalismo de la era Thatcher-Reagan y, más tarde, la transición democrática impulsada por la tercera ola global de aperturas políticas. Hoy, el 2 de octubre se ha vuelto un fenómeno de apropiación. Quienes gobiernan o legislan apenas eran niños o no habían nacido en 1968; cada aniversario se enfundan en la consigna «2 de octubre no se olvida». Lo hacen a costo cero: sin haber pisado la cárcel de Lecumberri ni el exilio. La memoria del 68 se transformó en un recurso retórico de la partidocracia. El Estado pedía perdón y levantaba memoriales, mientras devolvía al Ejército tareas de seguridad pública. La cooptación tampoco es nueva, el propio Echeverría usó su «apertura democrática» para absorber a exlíderes con becas, plazas y puestos públicos. La historia se repitió con el salinismo, con el PRD y ya vimos el fracaso reciente de Pablo Gómez con su reforma electoral. El 68 es para sus defensores, la culminación de la lucha; para sus censores, es la prueba de que se convirtió en un pedigrí moral legitimando cada momento político con los mismos instrumentos represivos del Estado.