CLAUDIA O LA COATLICUE

 



 

 Por Vladimir Rothschuh

 

Los gritos del pueblo agolpado en el Zócalo de la Ciudad de México coreando “¡Presidenta, Presidenta, no estás sola!” calaron hondo en las postales familiares de Claudia Sheinbaum, emparentada en lo familiar con la atmósfera del autor de El otoño del patriarca. La mujer más poderosa de América Latina brillaba en la plaza pública como una Coatlicue contemporánea, ataviada no con ornamentos estériles, sino con las cabezas recién cortadas al vulgar patriarcado que ya se hacía dueño absoluto de gubernaturas, alcaldías y diputaciones. Aquel viejo orden, acostumbrado a repartirse el país como botín de rancho, alcoba y despacho, contemplaba atónito el surgimiento de una figura que disolvía sus certezas de siglos. A dos años de distancia, Sheinbaum avanza paso a paso, dejando cabos sueltos solo en apariencia, pues en realidad ejerce una paciente afición tejedora con la que elabora la urdimbre exacta de su propio claudismo. La corrupción heredada con la que se amalgamó un movimiento nacional, degenerativo en sus tribus locales antes que regenerador en sus hechos, topó de frente con las virtudes de la primera mujer en la historia nacional que alcanza la Presidencia de la Republica. Los primeros pasos de Sheinbaum soportaban el peso inmenso de una investidura sacrosanta y convulsa. Parecía por momentos un andar tambaleante, pero se mantuvo erecta; con la firmeza de quien ha sido recién horneada en el génesis mexicano, su temple se fue endureciendo progresivamente como un pedernal de fuego. Esa metamorfosis obligó al machismo telúrico del sistema a mirarse directamente en el espejo negro y humeante de Tezcatlipoca, descubriendo allí la decrepitud de sus viejas formas de mando. La construcción política de Sheinbaum no es un hecho aislado ni puramente cupular: es la edificación reflexiva de cada mexicana desde la trinchera familiar, la calle hostil y el centro de trabajo bravucón. Obviamente se trata de una labor progresiva en la que Sheinbaum ha lucido su mano firme, desbrozando su propio camino y el del país entero de la corrupción que imantó a la variopinta degradación de presuntos transformistas que, al ya no tener cabida en la desmedrada partidocracia tradicional, buscaron un futuro impune en las filas guindas. Hoy, la soberbia de ese patriarcado acorralado ya no evoca únicamente la novela del colombiano, sino el brevísimo y demoledor paraje del guatemalteco Augusto Monterroso: al despertar, el dinosaurio del machismo institucional todavía estaba allí, abriendo sus párpados de siglos únicamente para dejar rodar lágrimas terrosas ante la desgracia diluviana que ha terminado por arrasar con su progenie putrefacta. México contempla en Sheinbaum el paso firme de una Presidenta que reescribe la historia sobre las cenizas del viejo régimen, irredento aún en los rescoldos del cinismo.