ISABEL LA CATÓLICA, DESTERRADA DE MÉXICO





Vladimir Rothschuh

 

En las inmediaciones del equipo de Clara Brugada cobra fuerza una ocurrencia coyuntural al abrigo del  rebautizado 12 de octubre como el Día de la Resistencia Indígena o de los Pueblos Originarios: se pretende expulsar del Centro Histórico de la Ciudad de México el nombre de la mujer que transformó Europa y cambió la percepción del mundo achicado a Asia, África y, como decía Toni Negri, de la península de Oriente Medio, llamada Europa. Isabel la Católica es un figurón en los anales del mundo; intentar echarla del Centro Histórico solamente cabe en una formación ínfima para darle ese nombre a una de las heroínas de barro en oblicuidad a lo sucedido con el almirante Cristóbal Colón en Paseo de la Reforma; conmueve el desafecto ante los recientes Premios Princesa de Asturias que bien recibe el gobierno de la presidenta Sheinbaum de las manos de la Corona Española. Isabel la Católica fue y sigue siendo un mujerón por sus virtudes, dones, valores, invenciones, creaciones que identificaron su “honrada medianía” de una vida austera dedicada a servir a Dios y a los hombres y mujeres de su tiempo. Las locuras llegaron después a Castilla con su nieto borgoñés, cuya corte flamenca se robó y despilfarró todo el oro de México, no así su otra nieta María Tudor, un sólido y verdadero reflejo suyo. Con la praxis aprendida en el orden reglamentario que retiró del estadio Azteca los rojos usureros de Banorte y la señalética global que devolvió los amarillos a la vía pública sobre los morados chilangos; igual sentido habrá de recobrar  nuestra Jefa de Gobierno entre aquellos cuya ignorancia fomenta estulticias, cobrándole a la magnánima Isabel los extravíos humanos de las ambiciones que acompañaron a la ruta comercial a las Antípodas. Unas cuantas perlas del inmenso Rosario Castellano valen sumarse frente a los tlacuaches que se ahogaron en la laguna mexica intentando comerse el queso de la luna: doña Luna Isabel modernizó la Universidad de Salamanca; es creadora del primer hospital de sangre del mundo; formó el primer cuerpo policial que se tiene noticia; vestía y vivía franciscanamente mientras otros acumulaban riquezas y honores, ella hizo de la Corona un servicio y de la piedad una forma de gobierno; echó a los moros de Granada y recuperó 800 años de ocupación musulmana; creó la unidad de España poniendo orden a los principados y que el machista de Maquiavelo ignoró cediéndole ese mérito a Fernando; inspiró la reforma cuando contravino al papado por sus lujurias y perversiones; financió con sus joyas porque Fernando se había gastado todo, la expedición del almirante Colón; fomentó el arte y la cultura (Princesa de Asturias); concedió la gracia a los judíos para vivir como buenos católicos en la península; ordenó bienaventuranza cristiana a favor de los indios; y nos conmueve hasta la fecha la humildad con que celebró el descubrimiento de las Indias Orientales invitando al almirante Colón a quedarse a almorzar porque para tal celebración había ordenado cocinar una gallina. Frente al reduccionismo histórico que busca juzgar el pasado con pasiones contemporáneas, la figura de Isabel la Católica permanece. Salvar su nombre en la traza urbana no es una concesión al colonialismo, sino un acto de madurez cultural y respeto por la memoria de un proceso universal 

CLAUDIA O LA COATLICUE

 



 

 Por Vladimir Rothschuh

 

Los gritos del pueblo agolpado en el Zócalo de la Ciudad de México coreando “¡Presidenta, Presidenta, no estás sola!” calaron hondo en las postales familiares de Claudia Sheinbaum, emparentada en lo familiar con la atmósfera del autor de El otoño del patriarca. La mujer más poderosa de América Latina brillaba en la plaza pública como una Coatlicue contemporánea, ataviada no con ornamentos estériles, sino con las cabezas recién cortadas al vulgar patriarcado que ya se hacía dueño absoluto de gubernaturas, alcaldías y diputaciones. Aquel viejo orden, acostumbrado a repartirse el país como botín de rancho, alcoba y despacho, contemplaba atónito el surgimiento de una figura que disolvía sus certezas de siglos. A dos años de distancia, Sheinbaum avanza paso a paso, dejando cabos sueltos solo en apariencia, pues en realidad ejerce una paciente afición tejedora con la que elabora la urdimbre exacta de su propio claudismo. La corrupción heredada con la que se amalgamó un movimiento nacional, degenerativo en sus tribus locales antes que regenerador en sus hechos, topó de frente con las virtudes de la primera mujer en la historia nacional que alcanza la Presidencia de la Republica. Los primeros pasos de Sheinbaum soportaban el peso inmenso de una investidura sacrosanta y convulsa. Parecía por momentos un andar tambaleante, pero se mantuvo erecta; con la firmeza de quien ha sido recién horneada en el génesis mexicano, su temple se fue endureciendo progresivamente como un pedernal de fuego. Esa metamorfosis obligó al machismo telúrico del sistema a mirarse directamente en el espejo negro y humeante de Tezcatlipoca, descubriendo allí la decrepitud de sus viejas formas de mando. La construcción política de Sheinbaum no es un hecho aislado ni puramente cupular: es la edificación reflexiva de cada mexicana desde la trinchera familiar, la calle hostil y el centro de trabajo bravucón. Obviamente se trata de una labor progresiva en la que Sheinbaum ha lucido su mano firme, desbrozando su propio camino y el del país entero de la corrupción que imantó a la variopinta degradación de presuntos transformistas que, al ya no tener cabida en la desmedrada partidocracia tradicional, buscaron un futuro impune en las filas guindas. Hoy, la soberbia de ese patriarcado acorralado ya no evoca únicamente la novela del colombiano, sino el brevísimo y demoledor paraje del guatemalteco Augusto Monterroso: al despertar, el dinosaurio del machismo institucional todavía estaba allí, abriendo sus párpados de siglos únicamente para dejar rodar lágrimas terrosas ante la desgracia diluviana que ha terminado por arrasar con su progenie putrefacta. México contempla en Sheinbaum el paso firme de una Presidenta que reescribe la historia sobre las cenizas del viejo régimen, irredento aún en los rescoldos del cinismo.