MÉXICO 1988 - BRASIL 2026

 



 

Vladimir Rothschuh

 

Lo ocurrido en la reciente jornada electoral brasileña coloca a Lula da Silva en el centro de un espejo de tres caras, articulado en tres tiempos históricos y tres geografías continentales: el fraude electoral del México de 1988, la Venezuela defraudada en 2024 y el actual fraude de Brasil. Este tríptico no sólo expone las costuras del poder en América Latina, sino que somete a Lula al juicio más severo de su trayectoria: la sensatez democrática frente al umbral de la decrepitud senecta. El primer tiempo es el tiempo largo, el de la memoria mexicana y la herida fundacional de la transición democrática. En 1988, bajo el mandato de Miguel de la Madrid, el colapso y la emblemática «caída del sistema» de cómputo electoral abrieron una de las mayores crisis de legitimidad del México contemporáneo. Carlos Salinas de Gortari fue proclamado vencedor sobre Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Aquella contienda no sólo quedó marcada por la sombra indeleble del fraude, sino por la incapacidad deliberada del Estado para despejar las sospechas y transparentar las urnas. El segundo tiempo se sitúa en la Venezuela de julio de 2024, en un episodio donde Lula pretendió encarnar la reserva moral y el arbitraje democrático de la región. Frente al veloz e indocumentado triunfo atribuido a Nicolás Maduro, el mandatario brasileño rehusó validar los resultados sin la exhibición irrefutable de las actas de votación. Lula fue categórico y tajante: tildó de decepcionante la conducta del régimen caribeño, denunció el sesgo autoritario del aparato estatal venezolano y condicionó cualquier reconocimiento oficial a la verificación transparente e independiente del proceso. Lula y Trump estaban en sintonía. El tercer tiempo, el más vertiginoso y comprometido, es del propio Brasil de este domingo 25 de octubre ensombrecido por una jornada electoral sacudida bajo una imprevista y prolongada pausa temporal o nueva caída del sistema. México 1988, Venezuela 2024 y Brasil 2026 no son episodios aislados; constituyen una sola lección continental sobre la fragilidad del sufragio. Tres tiempos, tres naciones y un único mandato categórico: el voto popular no se negocia, no se anestesia en pausas técnicas y su legitimidad jamás puede depender de la identidad o el signo político de quien resulte vencedor. Aquí resaltan otros estadistas de izquierda, Gabriel Boric y Gustavo Petro, dignificados ante la derrota electoral de su partido. El colombiano ahora radicado en Ciudad de México es un ejemplo a tomar en cuenta debido a que la democracia sólo se honra cuando nos favorece y se demoniza cuando nos es adversa. Lula en sentido opuesto se arriesga a convertir su último triunfo en el epitafio de su incongruencia como otro Carlos Salinas u otro Nicolás Maduro: nada hay que festejar en Brasil como nada hubo que festejar con la caída del sistema mexicano, de lo contrario seremos tan monstruosos en el azogue, semejantes a aquellos espurios.