La historia política
latinoamericana suele leerse bajo el lente simplista de las etiquetas
ideológicas, donde la pertenencia a la izquierda o la derecha, se asume como un
pacto de complicidad. Los acontecimientos recientes en Brasil, sumados a una
revisión profunda de la transición democrática en México, demuestran que las
dinámicas del poder, la persecución a los opositores y el respeto a la
soberanía popular divergen profundamente dependiendo de la madurez democrática
de las naciones. Para entender la distancia que separa al México de finales del
siglo XX de la actual deriva sudamericana, basta con mirar el tratamiento que
el régimen priista dio a sus opositores tras el controvertido proceso de 1988.
A pesar de la caída del sistema y del fraude electoral, el Estado mexicano
mantuvo una laxitud institucional que permitió la subsistencia y el cauce
político de sus contendientes. Ni Miguel de la Madrid, ni Carlos Salinas metieron a la cárcel o
persiguieron a Cuauhtémoc Cárdenas; ni el ingeniero ni su familia huyeron al
exilio, ni enfrentaron acusaciones penales; por el contrario, se les permitió
consolidar el Frente Democrático Nacional. Años más tarde, el presidente Ernesto
Zedillo profundizó esa apertura institucional al permitir condiciones de
competencia real que llevaron a Cuauhtémoc Cárdenas a la Jefatura de Gobierno
del entonces Distrito Federal tras derrotar al candidato oficial, Alfredo del
Mazo. En la actitud de Zedillo operaban profundas convicciones personales y de
gratitud histórica: habiendo sido un joven de origen humilde que vendía
periódicos para sostener a su familia, su ascenso social y político fue posible
gracias al Instituto Politécnico Nacional, obra cumbre del general Lázaro
Cárdenas. Zedillo, quien además vivió en carne propia la represión al
participar en el movimiento estudiantil de 1968 —como atestiguan registros
fotográficos de su huida del Casco de Santo Tomás—, guardaba simpatías por la
izquierda. Esa misma visión lo llevó a abrir camino para rescatar de
conflictos políticos locales tabasqueños al joven Andrés Manuel López Obrador,
en su disputa con Roberto Madrazo, encausándolo hacia la dirigencia nacional
del PRD. El contraste con el actual escenario brasileño es abismal. La reciente
crisis política en Brasilia y la persecución judicial que obligó al
expresidente Jair Bolsonaro y a su hijo Flavio a buscar la salida del país para
evitar la cárcel evocan métodos más cercanos al centralismo estalinista o al
modelo venezolano de Nicolás Maduro; sistema
que el propio Lula da Silva criticó en el pasado pero cuyas prácticas de
control absoluto hoy parece emular. El desenlace electoral brasileño, marcado
por fallos judiciales exprés y resoluciones de última hora que favorecieron al
oficialismo, se aleja de los estándares de una democracia plural y abierta,
recordando que los fantasmas autoritarios nunca fueron del todo erradicados en
el Cono Sur. En este contexto regional
adquiere relevancia la postura adoptada por Andrés Manuel López Obrador
frente a los procesos electorales sudamericanos y la insistencia de diversos
sectores en cuestionar por qué no se apresuró a felicitar o saludar a Lula en
las circunstancias actuales. La respuesta radica en una sólida doctrina de
congruencia democrática y en el rechazo a la reelección indefinida. López
Obrador ha sostenido que la permanencia en el poder mediante reelecciones continuas
—como los casos de gobernantes que repiten sus mandatos en cuatro ocasiones— constituye
una anomalía inaceptable para la salud de cualquier república. Como antídoto
institucional, México implementó el modelo de la revocación de mandato,
sometiendo la continuidad presidencial al escrutinio directo de la ciudadanía a
mitad del periodo. La altura republicana del exmandatario mexicano, López
Obrador, se consolidó al negarse a ser rehén de la llamada izquierda latinoamericana. A lo largo de su
sexenio, López Obrador mantuvo una sana distancia frente a los cacicazgos de
Nicolás Maduro, Lula o Evo Morales, priorizando los principios de no
intervención y autodeterminación de los pueblos, al tiempo que estructuraba un paradigma
mundial propio fincado en la Economía Moral y en el Humanismo Mexicano. No es
casualidad que López Obrador haya guardado reserva ante los resultados de
Brasil. Habiendo vivido en carne propia el trauma político del fraude de 1988 y
la infame "caída del sistema", su memoria histórica, como diría
Beatriz, le impide convalidar procesos empañados por la sombra de la
manipulación institucional, ya sea en el México de antaño o en el Brasil
contemporáneo. La verdadera solidaridad internacional debe fundarse en la defensa
irrestricta de la democracia, la legalidad y el respeto absoluto a la voluntad
popular.
