AMLO Y LULA

 







 

Por Vladimir Rothschuh

 

La historia política latinoamericana suele leerse bajo el lente simplista de las etiquetas ideológicas, donde la pertenencia a la izquierda o la derecha, se asume como un pacto de complicidad. Los acontecimientos recientes en Brasil, sumados a una revisión profunda de la transición democrática en México, demuestran que las dinámicas del poder, la persecución a los opositores y el respeto a la soberanía popular divergen profundamente dependiendo de la madurez democrática de las naciones. Para entender la distancia que separa al México de finales del siglo XX de la actual deriva sudamericana, basta con mirar el tratamiento que el régimen priista dio a sus opositores tras el controvertido proceso de 1988. A pesar de la caída del sistema y del fraude electoral, el Estado mexicano mantuvo una laxitud institucional que permitió la subsistencia y el cauce político de sus contendientes. Ni Miguel de la Madrid, ni  Carlos Salinas metieron a la cárcel o persiguieron a Cuauhtémoc Cárdenas; ni el ingeniero ni su familia huyeron al exilio, ni enfrentaron acusaciones penales; por el contrario, se les permitió consolidar el Frente Democrático Nacional. Años más tarde, el presidente Ernesto Zedillo profundizó esa apertura institucional al permitir condiciones de competencia real que llevaron a Cuauhtémoc Cárdenas a la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal tras derrotar al candidato oficial, Alfredo del Mazo. En la actitud de Zedillo operaban profundas convicciones personales y de gratitud histórica: habiendo sido un joven de origen humilde que vendía periódicos para sostener a su familia, su ascenso social y político fue posible gracias al Instituto Politécnico Nacional, obra cumbre del general Lázaro Cárdenas. Zedillo, quien además vivió en carne propia la represión al participar en el movimiento estudiantil de 1968 —como atestiguan registros fotográficos de su huida del Casco de Santo Tomás—, guardaba simpatías por la izquierda. Esa misma visión lo llevó  a abrir camino para rescatar de conflictos políticos locales tabasqueños al joven Andrés Manuel López Obrador, en su disputa con Roberto Madrazo, encausándolo hacia la dirigencia nacional del PRD. El contraste con el actual escenario brasileño es abismal. La reciente crisis política en Brasilia y la persecución judicial que obligó al expresidente Jair Bolsonaro y a su hijo Flavio a buscar la salida del país para evitar la cárcel evocan métodos más cercanos al centralismo estalinista o al modelo venezolano de Nicolás Maduro;  sistema que el propio Lula da Silva criticó en el pasado pero cuyas prácticas de control absoluto hoy parece emular. El desenlace electoral brasileño, marcado por fallos judiciales exprés y resoluciones de última hora que favorecieron al oficialismo, se aleja de los estándares de una democracia plural y abierta, recordando que los fantasmas autoritarios nunca fueron del todo erradicados en el Cono Sur. En este contexto regional  adquiere relevancia la postura adoptada por Andrés Manuel López Obrador frente a los procesos electorales sudamericanos y la insistencia de diversos sectores en cuestionar por qué no se apresuró a felicitar o saludar a Lula en las circunstancias actuales. La respuesta radica en una sólida doctrina de congruencia democrática y en el rechazo a la reelección indefinida. López Obrador ha sostenido que la permanencia en el poder mediante reelecciones continuas —como los casos de gobernantes que repiten sus mandatos en cuatro ocasiones— constituye una anomalía inaceptable para la salud de cualquier república. Como antídoto institucional, México implementó el modelo de la revocación de mandato, sometiendo la continuidad presidencial al escrutinio directo de la ciudadanía a mitad del periodo. La altura republicana del exmandatario mexicano, López Obrador, se consolidó al negarse a ser rehén de la llamada  izquierda latinoamericana. A lo largo de su sexenio, López Obrador mantuvo una sana distancia frente a los cacicazgos de Nicolás Maduro, Lula o Evo Morales, priorizando los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, al tiempo que estructuraba un paradigma mundial propio fincado en la Economía Moral y en el Humanismo Mexicano. No es casualidad que López Obrador haya guardado reserva ante los resultados de Brasil. Habiendo vivido en carne propia el trauma político del fraude de 1988 y la infame "caída del sistema", su memoria histórica, como diría Beatriz, le impide convalidar procesos empañados por la sombra de la manipulación institucional, ya sea en el México de antaño o en el Brasil contemporáneo. La verdadera solidaridad internacional debe fundarse en la defensa irrestricta de la democracia, la legalidad y el respeto absoluto a la voluntad popular.