EL MÉXICO QUE FENECE Y EL QUE NO NACE

 



 

Por Vladimir Rothschuh

 

La arquitectura fiscal y pensional mexicana continúa atada a una sociedad de empleo asalariado estable, carreras laborales prolongadas y familias numerosas. Este México se desvanece sin que el nuevo termine de nacer. La pandemia aceleró el cambio, las tecnologías lo profundizaron y las nuevas generaciones comenzaron a romper con las aspiraciones que durante décadas sostuvieron al México industrial y al Estado burocrático.  Los mexicanos jóvenes alternan empleos, emprenden por cuenta propia, trabajan en plataformas digitales y privilegian la liquidez inmediata frente a beneficios que perciben lejanos o inciertos; cuestionan una formalidad que les exige cada vez más y les devuelve cada vez menos. La seguridad social descuenta, las Afores administran el ahorro para el retiro y los impuestos absorben una parte del ingreso, pero el trabajador no siempre encuentra servicios médicos oportunos, una pensión suficiente o condiciones para construir un patrimonio. El viejo pacto del Estado social pierde credibilidad porque su promesa de estabilidad ya no corresponde a la realidad. Para muchos mexicanos, comprar una vivienda, tener automóvil, casarse y formar una familia numerosa dejó de ser una secuencia natural de la vida. Tampoco los jóvenes consumen como sus padres: leen menos periódicos impresos, no compran cachitos de lotería, les desagrada bailar, no tienen hijos, no se casan, menos acuden al cine, usan Uber,  y participan de manera distinta en la economía. Ni rebelión generacional ni  moda cultural: detrás de estas decisiones hay ingresos insuficientes, empleos precarios, vivienda inaccesible y una percepción creciente de que el esfuerzo no garantiza movilidad social. México sigue evaluando el presente con las reglas del pasado, por eso se encienden las alarmas cuando disminuye la proporción de trabajadores que cotizan; se encienden las sirenas por la inviabilidad de las pensiones y el desequilibrio de las finanzas públicas. Se habla de ampliar la base de contribuyentes, formalizar empleos y aumentar la productividad, pero se discute menos el costo que el propio sistema impone a quienes deberían sostenerlo. Es ingrata la continuidad laboral en una economía que multiplica la discontinuidad, más cuando se exige ahorro de largo plazo a quienes viven al día y se pretende asegurar la vejez sin resolver la incertidumbre de la vida productiva diaria.  El actual pacto económico  pretende financiar el futuro con las reglas laborales del pasado, sostener a las mismas élites políticas, económicas, burocráticas y sindicales preservando espacios de protección y privilegios, en tanto amplios sectores mexicanos soportan la pérdida de poder adquisitivo, la precariedad y el encarecimiento de la vida. La carga se distribuye de manera desigual, pero la factura termina llegando a quienes tienen menos margen para defenderse. El México que fenece es el de la estabilidad laboral como destino, la familia numerosa como norma y la seguridad social como garantía automática de bienestar.