ENTRE DERECHA E IZQUIERDA

 




Por Vladimir Rothschuh

 

La incongruencia latinoamericana de una izquierda que se proclama antiimperialista es que terminó disputándose las posiciones del capitalismo político, las prerrogativas presupuestales y las candidaturas como cualquier otra organización de derecha. El Partido del Trabajo representa esa contradicción en México. Su historia se desarrolló en el reacomodo político del salinismo y en la necesidad de construir nuevas expresiones partidistas frente a la decadencia priista. Desde entonces, la supervivencia del PT ha dependido de su capacidad para negociar espacios, conservar registros y participar en coaliciones. De Carlos Salinas a Andrés Manuel López Obrador, ha transitado Alberto Anaya por distintas geografías presidenciales sin abandonar la jefatura de su partido. Cambiaron los sexenios, los discursos y los padrinos políticos; permaneció la maquinaria electoral subsidiada por el IFE. Ayer el PT se vendía como una izquierda modernizadora; después se incorporó al vocabulario transformador de la Cuarta Transformación. El cambio de lenguaje no alteró su vocación de negociar con el poder. Por eso resulta tan revelador que ahora Alberto Anaya levante la voz contra la supuesta injerencia estadounidense en la selección de candidaturas de Morena para 2027. La soberanía es un principio irrenunciable, pero deja de serlo cuando se aplica según la nacionalidad del interventor o la afinidad ideológica del gobierno beneficiado. La soberanía no puede ser una patente de corso para los socialismos amigos ni una condena automática para los imperialistas. La doble moral se vuelve todavía más evidente cuando se contrasta la retórica emancipadora con la realidad de los pueblos. Ahí se encuentra la bancarrota moral de esta izquierda: en haber confundido el antiamericanismo con un programa de justicia social y la defensa de sus aliados con la defensa de los pueblos. El dinero capitalista no desaparece porque se disfrace de socialismo; cambia de manos, de discurso y de beneficiarios. La antigua lucha de clases termina reducida a una lucha por el presupuesto, las posiciones públicas y el control de las candidaturas. El PT puede invocar la hoz y el martillo cuanto quiera, pero la prueba de una ideología no está en sus retratos, sus consignas ni sus homenajes internacionales. Está en su capacidad para transformar las condiciones materiales de la población y someter el poder a equilibrios democráticos. Si la praxis termina en componendas electorales, privilegios de dirigencia y silencios frente al abuso, el socialismo se convierte en decoración de una empresa política. Alberto Anaya tiene derecho a denunciar cualquier injerencia extranjera; lo que no puede exigir es que su denuncia sea creíble mientras practica una selectividad ideológica que condena los excesos de unos gobiernos y disculpa los de otros. La soberanía no se defiende escogiendo qué potencia puede intervenir y qué otra merece indulgencia. El problema del PT no es que denuncie el injerencismo estadounidense, es que pretenda monopolizar la soberanía mientras administra sus alianzas como una franquicia ideológica. Una izquierda o una derecha que necesita gobiernos extranjeros para justificar silencios y presupuestos con tal de conservar su supervivencia electoral ya no representa una alternativa, no sólo al sistema político mexicano, sino a cualquier otro.