Vladimir Rothschuh
Las sentencias de Carlos
Monsiváis sobre la partidocracia mexicana siguen vigentes. Su actualidad se
mantiene con los dos nuevos partidos
políticos avalados por el INE y el TEPJF para que se sumen a la fiesta democrática
reprobada por casi el ochenta por ciento de los mexicanos que coincidieron en
la urgencia de Sheinbaum para acabar con la corrupción de los institutos políticos. La reaparición de
Hugo Eric Flores luego de su labor erigiendo políticamente a Cuauhtémoc Blanco
es una llamada de alerta a la transformación moral del país y a su vez un
aliciente a los morelenses y restantes votantes nacionales; habrán de
recapacitar sobre la intención de su
voto el año entrante y en el 2030. Lo mismo sucede para esos electores
inconformes con el dispendio de dinero de las élites políticas; así como no se
acababa de enfriar el cadáver del Partido de la Revolución Democrática allá en
el 2011 y nacía de sus entrañas el
Movimiento de la Regeneración Nacional, igual ahora, como milagro museístico,
en el 2026 la momia perredista pare un segundo engendro, Somos México; es
decir, que por nueva ocasión, sin que se hayan enfriado sus restos insulares en
algunos estados, se nos viste de seda aquella nueva-vieja izquierda. La
estrenada clonación de la industria posdemocrática encierra los
riesgos que en el 2011 ni Felipe Calderón ni Peña Nieto, imaginaron de Morena
con las dimensiones actuales arrasando en todas las urnas en todos los rincones
del país y situando al PRI y al PAN al borde de su extinción, tal como sucedió
con la Revolución Democrática. Lo que está por verse es si este pase a SomosMx
aprobado por el INE y el TEPJF replica lo sucedido con Morena en el 2012 y que
para el 2030 el epitafio guinda se haya esculpido ahora mismo ante la ceguera
de sus líderes. El Partido de Estado que dominó México más de setenta años
sentó las bases de un sistema partidario de cooptaciones, parasitosis y
satelitalización, a manera de justificar su existencia política bajo el lema de
Giuseppe Tomasi di Lampedusa que genialmente expresaba: “Para que todo siga
igual, debemos cambiar”. Y ese paradigma se pronuncia en el actual repudio de
los mexicanos al régimen de partidos subsidiado por el Estado y financiado
además por el narcoterrorismo; obviamente, ese despilfarro que Claudia Sheinbaum
quiso atajar con su reforma electoral tenía que ser obstruido por los partidos
políticos en San Lázaro; el aval de la Presidenta de México contra estas formas
cínicas de la partidocracia es del 77%; es decir, que el beneplácito al
actual sistema electoral apenas goza del 23%, pero gasta miles de millones. Aun
así, las instituciones electorales les abrieron la cartera a cuatro
aspirantes a partidos políticos subsidiados con el dinero de los
mexicanos. Los Chuchos y los Cuauhtémoc Blanco, han decidido acertadamente
cambiar para que todo siga igual bajo frescas siglas partidistas. Los dos
renacidos partidos políticos que pasaron el embudo para constituirse en
participantes de la posdemocracia el año entrante, desde ahora mismo espejean
gozosamente los enésimos tiempos comiciales para formar parte del festín por
venir. El simulacro y la simulación (Baudrillard) electoral del 27 es bastante
democrático; las reglas irregulares de Morena con sus coordinadores
estatales, aunque violenten el marco legal que deberían vigilar el INE y el TEPJF,
son laxas, permitiendo que panistas, priistas, naranjas, verdes, petistas, más
los que se suman con Acosta Naranjo y Eric Flores, también multipliquen a
sus coordinadores estatales como pupas de candidaturas posteriores. En este
contexto, muy pronto el INE deberá de dar de baja su aplicación para registrar
militantes dejando que cada partido al ritmo de Cantinflas, haga el relajo
pero con orden. Si con Monsiváis abrimos este texto, lo cerramos con Jean
Baudrillard y una posmodernidad mexicana sumamente hiperrealista,
paradójicamente no desde hoy, sino desde que el PRI construyó los
fundamentos de la institucionalidad con lo ficticio de todos los días, sin
redes sociales y sin inteligencia artificial.