Vladimir
Rothschuh
Seis
sexenios de hombres acaban de ser humillados por una mujer y diez secretarios
de gabinete presidencial, reducidos a polvo por Columba López. La cifra es
monumental y no es cualquier cosa que la primera mujer que llega a dirigir la
dependencia federal de Agricultura resolviera en veinte días un problema
nacional que dañó relaciones bilaterales en el TLCAN y TMEC y destruyó la
confianza de las familias consumidoras mexicanas. Columba López fue instruida
por Sheinbaum para que atendiera el elevado precio del jitomate, como se lo
pidió a Julio Berdegué, salvo que la ingeniera que condujo brillantemente
Corena en la Ciudad de México, atendió y resolvió lo que desde Warman hasta
Villalobos, atravesando por Labastida y Usabiaga, no supieron cumplir y mucho
menos remediar. El jitomate llegó a costar meses atrás ochenta pesos el kilo y
arrastró consigo una escalada de precios que se tradujo en un costoso impuesto
para los pobres y presiones a la economía nacional con la multicitada
inflación. Una mujer en tres semanas llevó y mantiene el precio del jitomate en
trece y diez pesos, lo que genera infinidad de satisfactores entre las familias
mexicanas y temor en el gabinete presidencial de Sheinbaum, porque la eficacia
de Columba López avasalla a la inmensidad del equipo. Y no hay que ir lejos con
las protestas callejeras de días atrás de camioneros, productores rurales,
madres buscadoras, pensionados, maestros, médicos y enfermeras. En fin, un
enjambre de descontento ante la incompetencia de los funcionarios federales
torpes para negociar y para demostrarle a la Presidenta y a México que eran los
mejores. La sentencia de Columba López no es nueva, pero la define
personalmente y la ratifica como servidora pública: “No he venido a
administrar, sino a transformar”. No llegó a apoltronarse en la esquina de
Zapata y Cuauhtémoc; con la misma energía que blindó y protegió las áreas
naturales de la Ciudad de México, apoyó con precios de garantía a los
productores rurales de la capital del país, creó el banco de semillas, rescató
las chinampas y los cultivos nativos que hoy vemos sorprendidos fuera de
temporada al cempaxúchitl adornando las avenidas. Con esa intensidad dispuso
sacar al jitomate de la rutina agroexportadora del TMEC y situarlo dentro de la
soberanía alimentaria donde nunca ha tenido cabida en la visión tecnocrática de
que únicamente el frijol y el maíz formaban parte soberana. El 95%
del jitomate que comen los norteamericanos lo suministra México y, cuando Florida
y California fallan, entonces los agricultores mexicanos que el presidente
Trump no quiere ver, resuelven el desabasto gringo y aquí se replica aquello
que desde 1994 comenzó a dañar la alimentación básica de las familias. Se dice
fácil; este es el origen del Acuerdo Nacional para el Ordenamiento de la
Producción, Abasto, Comercialización y Precio Justo del Jitomate, que signó la
Presidenta de México con productoras y productores de 18 estados del país, con
centrales de abasto, cadenas comercializadoras y de autoservicio, asociaciones
de productores, cámaras y consejos agrícolas para que el kilo de jitomate esté
entre 10 y 15 pesos; precio mínimo con un efecto dominó positivo en frutas y
verduras. La verborrea política de la soberanía alimentaria que imperó en los
pasados sexenios, era el disfraz de las acciones neoliberales que el TMEC o
TLCAN imponía; esos tecnócratas ni siquiera pudieron resolver la producción de
arroz, maíz y frijol. Hubo crueldad social cuando dijeron que el mercado
resolvería el hambre de los pobres; los antigarantistas de la canasta básica,
Fox y Calderón, fueron los que liberaron los precios de la leche, tortilla,
huevos, frijoles, arroz. Hoy puede alzarse la presidenta Sheinbaum
con un triunfo palpable en cada mesa de comer de cada familia; es lo palmario,
lo obvio y lo inmediato que el pueblo ve, saborea y vive. Ni las pensiones, ni
las alzas al salario mínimo tan cacareadas como el máximo logro social, podían
cubrir el impuesto a la pobreza llamada inflación si el jitomate señoreaba la
indolencia ante la falta de talento para volverlo asequible a cada ama de casa.
Columba López les demostró a los economistas del gabinete, sin cansancio de
medio tiempo, que los números son una entelequia si no tienen rostro humano. Y
aquí brota la paradoja para la Presidenta y un bálsamo a los inútiles:
estadísticamente, en el gabinete presidencial solamente puede haber una
Columba, no dos ni tres; de lo contrario habría una distorsión en la Matrix.
Por lo pronto, aquella sentencia de Maquiavelo sobre el político eficaz, no
debe espantar.