EL PRECIO DE LA REFORMA

 



Vladimir Rothschuh

  

1988 es marcado como el inicio de una cascada de reformas electorales de pequeño y gran calado, cual reflejo de la crisis del Partido de Estado. Con la reforma de la presidenta Sheinbaum tendrían lugar, de aquella fecha a ésta, dos docenas de cambios sustanciales al marco normativo del rejuego político partidista. Es atractivo el análisis que circulan las autoridades electorales,  porque encuentra que las reformas coinciden con la carencia de legitimidad del partido gobernante y de su Presidente en turno. El cauce abierto en la actual coyuntura, debate que siendo la presidenta Sheinbaum  la mandataria con el mayor número de votos, con la mayor autoridad popular medida mes a mes y con una estatura mundial única, por qué toma la decisión de arrancar una reforma cuando no tiene ninguna sombra como la tuvo Carlos Salinas en 1988. Son promesas de campaña, es cierto, a las que se adhieren parcialmente sus aliados de Morena, PT y PVEM, por no decir que las rechazan en su totalidad. Por no tener las ilegitimidades de Salinas y Calderón, puso el resto sobre la mesa como apuesta segura de un triunfo redondo, nada es error sino aprendizaje: el peso sustancioso perdió dos pequeñas partes y el desequilibrio se expresa mucho mayor.  El fraude electoral del 88 señaló el declive del Partido de Estado y todo por negarse a negociar Miguel de la Madrid con Cuauhtémoc Cárdenas, la dirección de Pemex; toda la historia política nacional está plagada de esas minucias costosas. El otro proceso fraudulento, que no debió ocurrir bajo la primera alternancia y transición democrática, tuvo lugar con Felipe Calderón frente a López Obrador. En ambos escenarios no cabe, ni tiene semejanza el mandato de la presidenta Claudia Sheinbaum, por ser  una de las líderes globales mejor posicionada y con una arrolladora autoridad doméstica. Las reformas electorales, desde la Revolución hasta la fecha, generan una cadena de incógnitas  de por qué  la presidenta Sheinbaum se identifica con 1988 y 2006, cuando no son referentes suyos. Las  propuestas de acabar con el nepotismo político y con la reelección son estimables en cuanto desnudan la persistencia del hilo negro como cordón umbilical en que el gatopardismo expresa la esencia de nuestra posdemocracia. Moralmente,  la reforma electoral de la presidenta Sheinbaum es magnífica; como Estadista, descubre que los remedios a los males son amargos y que carece de operadores políticos a la medida de su dimensión histórica y de sus deseos transformadores.