Los símbolos de humildad, probidad
o más simple, la honrada medianía juarista de la presidenta Sheinbaum a un año
aún deben remontar lo disímil en las filas guindas o de uno que otro miembro
del Gabinete, que aturdidos por el poder, se inmolan en los oropeles de la
vacuidad pequeñoburguesa. El penoso
incidente entre Alito y Noroña, refrescó la
urgencia de acabar con los plurinominales, iniciativa comprometida desde
campaña por la Presidenta, bateada más de una vez por su partido y su mayoría legislativa, pero hoy vigorizada con
la relanzada reforma electoral que define sus años de protesta universitaria
contra los excesos del entonces Partido de Estado. Los plurinominales repiten
una acepción ingrata en el abecedario del priísmo, dicen representar a los
mejores mexicanos que sin haber ganado en las urnas, por listado partidista
llegaron a una curul a enriquecer la diversidad de nuestra cultura arcaica y
esclerotizada. La satanización del porrismo de Alito como de Noroña, arribó en
una debilitada coyuntura como resultó ser que la bancada morenista, en sentido
contrario del diseño democrático de la presidenta Sheinbaum, escogiera como
reemplazo del plurinominal Noroña a otra plurinominal. La decisión de la
mayoría senatorial morenista replicaba las respuestas acerca la consanguinidad
nepótica en San Lázaro que envió al freezer la iniciativa de Sheinbaum sobre la
austeridad republicana cuyos ejes básicos radican en no mentir, no robar, no
traicionar. Por reiterada ocasión ahora desde la Cámara Alta, el morenismo hace
el harakiri vudú, no en sus propios cuerpos nepóticos, reelectos,
derrochadores, sino en el de la Presidenta, obviamente intentando desafiar la solidez de la quinta
transformación poniendo a crujir la vertebración del Segundo Piso que acabará
con los vicios de nuestra partidocracia y un establishment en avanzada
descomposición ética. La fortaleza que representa a nivel global Sheinbaum
frente a Trump se la da su legitimidad popular para llevar adelante también la
depuración de la politiquería del conservadurismo interno. La votación de
jueces, magistrados y ministros del Poder Judicial encarnó lo mejor del
programa transformador nacional: nadie por dedazo merecía ocupar un espacio en
encargos públicos y que ahora apunta al Consejo General del INE y el ajuste
senatorial a 32 miembros como 300 en San Lázaro. Los opositores, aliados o guindas,
a las reformas presidenciales, son la parentela heredando cargos públicos, son quienes
llevan décadas de saltimbanquis legislativos o partidistas, son quienes jamás
han ido a un distrito a hacer campaña, son la arena en el engranaje del Segundo
Piso. La continuidad de un plurinominal por otra plurinominal para coordinar la
mesa senatorial, coincide con quienes afilan su machismo de hombre o de hembra
haciéndose pasar soberanos secuestradores de las nuevas reglas transformadoras
del Segundo Piso: “el nepotismo va, los pluris van, el despilfarro y la
disipación, no pueden irse”. Sin embargo la Presidenta a horas de su Primer
Informe insiste, no sólo en el programa político sino con sus actos juaristas,
que ese pasado no volverá.