EDITORIAL

LA VACUNA


 

 


VLADIMIR ROTHSCHUH

 

Los epidemiólogos creyeron encontrar en el virus del Covid-19 rastros de mutaciones inducidas en laboratorio, cuando descubrieron que la letalidad del virus es expansiva si éste intuye presencia de muchas personas juntas. Esta teoría va más allá de las secuencias del Sida que el Nobel Luc Montagnier creyó encontrar en el Covid-19.  ¿Tiene inteligencia el Covid-19 para desactivarse entre pocas personas y expandirse entre muchas? En realidad todo organismo que posee capacidad de organización tiene inteligencia y compete al universo entero. En ese juego de azar que Einstein no ponía en manos de Dios el cubilete, los postpitagóricos del siglo XX dieron sentencia en la física cuántica cuando concluyeron que el Observador es el Creador: corpúsculo u onda, tú decides. La pandemia abrió un nuevo horizonte referido a las siete plagas de Egipto cuando los gnósticos de la media actual han visto refrescarse la alianza de Dios con la humanidad al excluir de las víctimas de la pandemia a la niñez y a la juventud, eliminando a quienes ya padecen alguna enfermedad, como la cruz de sangre en las puertas y la cena última de Jeshua. Las lecturas son acertadas no en cuanto a la inteligencia del Covid o de los escogidos de Dios, sino en relación a la vibración en hercios donde opera la simbiosis del Covid-19 con los humanos y con la Tierra. Esta pandemia tiene un origen en los cubículos de la Organización Mundial de la Salud implantando el miedo global, origen de todos los males del planeta, igual como lo han usado las religiones por milenios y el nazismo elevó a rango perverso al descubrir que la música en la frecuencia 440 creaba estímulos para la ira y el odio social, bendito Wagner. 

Todas las tesis de los epidemiólogos son ciertas sobre el Covid-19, es letal en colectivo, es frágil en el medioambiente, es inofensivo para la niñez y la juventud, agudiza a los enfermos, no vive más de una semana en un humano, en fin, son diagnósticos indiscutibles de lo que ha generado el nocebo con el miedo y el nuevo afán de lucro del decadente orden económico en que se han envuelto ciegamente los asiáticos. El Covid-19 como el Ebola, Sida, Viruela, Gripa española o japonesa, remiten a la física cuántica de que el Observador es el Creador. La salud de la humanidad forma parte de las cadenas de su ADN, millón y medio de códigos nos acompañan para sanar nuestros cuerpos, salvo cuando aparecen las emociones bajas que enferman y que el sistema farmacéutico sanciona como hizo con Ryke Geerd Hamer, declarado enfermo mental. El Covid-19 no es más letal que sus antecesores se mueve como las bacterias y hongos en rangos de 5 Hz y 20 Hz, eso significa que vibra en el nivel bajo de los sentimientos del hombre haciéndolo presa de sus propios miedos que oscilan entre 0.1 Hz y 2 Hz. Esta es la real pandemia originada por la OMS, apurando el temor hasta conseguir que la inmunidad se colapse y los humanos vibren igual que el Covid-19. El dicho tibetano de cuando como, como y cuando duermo, duermo, está referido a la detención de la mente como factor de males que desconocen las demás especies del planeta: los murciélagos y los pangolines conviven con el Covid-19 porque simplemente no tienen los temores del sapiens. Los niños y los adolescentes suelen vibrar muy alto, todavía el modelo económico y la educación no han dañado su autoestima y ahí el Covid-19 es incapaz de penetrar esas autodefensas teniendo uno de los estados más elevados 432 Hz de la vibración planetaria, la felicidad. 

Tampoco es completamente cierto que el Covid-19 sea letal ante los cientos de miles de humanos curados desde octubre a la fecha en todo el orbe; la OMS ha conseguido que los gobiernos se enfoquen en las muertes que son escasas frente a la magnitud de los recuperados de esta gripa. El miedo es la escala más baja de las emociones y la felicidad se encuentra en el extremo opuesto, en esos términos pendula la pandemia excitada por esta penúltima degradación económica. El pánico provocado con el aislamiento social tiene la demostración de su ineficacia frente a la naturaleza vibrando a 36 Hz, así en el medioambiente el Covid-19 es indefenso: si le da el viento, si le llueve, si se empolva, si aumenta o baja la temperatura, deja de ser eficaz y no se muere, porque ese es otro de los misterios sobre la no-vida de los virus como de la animalidad de los hongos. Afortunadamente la Tierra vibra ahora más alto en las mediciones de Schumann y ahí ese Covid-19 se autoaniquila. ¿Entonces por qué la humanidad no aprende a recuperar su esencia y a vibrar como Gaia? Los niños, los jóvenes y las demás especies lo hacen, inclusive llegando a vibrar en la frecuencia de la luz. La vacuna para esta pandemia la poseemos todos, la enfermedad también está en nosotros cuando nos rebajamos emocionalmente en la señal vibratoria de los virus, hongos y bacterias. 

Llevamos miles de años en el planeta, como la Tierra somos huéspedes de millones de esos microrganismos con los que convivimos haciendo nuestras existencias más benignas. El día que nos queremos volver asépticos comenzamos a morir junto con la fauna que nos acompaña, ahora que comemos legumbres desinfectadas hemos dejado de comer tierra y con ella todas las vitaminas, minerales y microorganismos vitales para nuestra existencia. Aprender a vibrar alto como lo hacen millones de personas en el mundo actualmente no es complicado, son más las personas sanas que las dañadas por el Covid-19. La vacuna a esta pandemia y las demás viralidades de nuestra época y del pasado se consigue vibrando a 432 Hz, siendo feliz.

 

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