Por Vladimir Rothschuh
Cuba no dispone de las
riquezas petroleras que despiertan el apetito de los grandes negociadores de la
Casa Blanca, la isla ofrece una sociedad empobrecida, una economía destruida y
una población sometida a décadas de mendicidad de rusos y gringos. No hay
grandes contratos petroleros que Jared Kushner pueda convertir en oportunidades
de negocio, ni una renta en tierras raras o litio que despierte el entusiasmo
de los intermediarios financieros. Cuba ofrece algo que no cotiza en Wall
Street: libertad y democracia. Así los cálculos políticos de Donald Trump terminaron
por volverse contra él: escuchando más a los halcones racistas sobre el
crecimiento del advenedizo Marco Rubio, el presidente decidió enfriar la
democratización de Cuba; no quería convertir a su secretario de Estado, en el
gran protagonista de una transformación histórica que habría disparado sus
aspiraciones presidenciales. Y precisamente por eso dejó de interesarle a Trump
mientras la política de la Casa Blanca se fue desdibujando entre amenazas,
negociaciones y cálculos personales. Trump llegó a anunciar que se ocuparía de
la isla después de Irán y que enviaría a Rubio a cerrar el acuerdo. Pero el
secretario de Estado, hijo de inmigrantes cubanos y adversario histórico del régimen
de La Habana, representaba una posibilidad política que el propio magnate estaba
indispuesto a convertir en su principal adversidad en vísperas de su tercera
reelección. Esta es la tragedia cubana ya para su nomenclatura como para el
pueblo: a los superricos de Washington, los cubanos parecen valer menos que los
barriles de petróleo de Venezuela o las posibilidades financieras con los
árabes. Hasta el azúcar cubano, como
dijo Sartre y que alguna vez hizo de la isla una potencia económica del Caribe,
ha perdido su valor entre la diabetes y los nuevos mercaderes de la política
internacional. Su producto más importante, la libertad, no tiene precio de
compraventa. Las urnas que no tienen los cubanos pero sí los gringos, han
colocado sobre la mesa algo que Trump no
puede ignorar: el error de sacrificar la causa cubana para contener el ascenso
político de Rubio bajo un costo alto en la disputa republicana sobre su miopía
política, financiera y moral, con un componente racista que no puede
soslayarse: la indiferencia ante el sufrimiento de una población caribeña cuya
suerte no representa para los negociadores de Washington una oportunidad de
enriquecimiento. Y que tampoco significó mucho para Obama y el Papa Francisco
cuando perfilaron tersamente a Díaz Canel con las manos atadas por el embargo
económico, pues la receta es la misma tratándose burros y elefantes: la política
hacia Latinoamérica ha estado atrapada entre la inercia de las sanciones financieras,
embargos, retiro de visas y los
intereses corporativos que prefieren negociar con grupos autoritarios bajo la
mesa antes que apostar por transiciones democráticas genuinas. La isla que vale
demasiado para los cubanos y para nadie más, su historia y la democracia que le ha sido negada por
Washington, vale muy poco en el inventario de quienes pretenden gobernar el
mundo como si fuera una cartera de inversiones. A diferencia de otros escenarios geopolíticos
donde los acuerdos económicos o energéticos ofrecen jugosos dividendos, Cuba ha
sido reducida otra vez, a un terreno
estéril de miseria y escasez.







