COLUMBA: ROMPIENDO INERCIAS

 






Vladimir Rothschuh

 

Cuando muchos pensaban que la creatividad de Columba López al frente de la Secretaría de Agricultura había tocado techo, la funcionaria rompe su propia marca personal con su participación en el Bono Agropecuario por más de  mil 600 millones de pesos en la Bolsa de valores. Columba López  ha sacudido el panorama económico nacional logrando superar un dominio histórico marcadamente masculino: desde 1876, cuando Vicente Riva Palacio tomó las riendas de la entonces Secretaría de Fomento, han transcurrido casi 150 años y todos fueron hombres guiando las políticas públicas del campo, lo presenciamos inclusive en la postal del bono emitido. De la esfera doméstica de las creatividades e invención relevantes gubernamentales en el agro durante de los recientes meses, esta acción bursátil invade con fuerza en el ruedo internacional, posicionando a la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum en el vértice global de las finanzas rurales. Se trata del primer y único bono agropecuario de su tipo en el mundo. Aunque en el horizonte internacional se solía contemplar el modelo de China como referencia de bonos en el sector rural, hoy la diferencia salta a la vista: los mecanismos del gigante asiático resultan ser de carácter coactivo, al obligar el Estado comunista a los empresarios a coinvertir. El modelo mexicano, en cambio, irrumpe como un instrumento financiero innovador, gubernamental, internacional y pionero en el mercado de valores. Ante este hito, la interrogante aflora de manera inevitable: ¿por qué 40 exsecretarios de Agricultura carecieron de la imaginación y la audacia para  acompañar con orgullo la conquista de  los mercados financieros globales? Desde el primer titular de la Secretaría de Fomento en el siglo XIX, hasta el último hombre del siglo XXI que ocupó la Sagarpa, pasando muy de cerca por el periodo neoliberal  desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto, ningún titular tuvo la visión ni la osadía para apoyar y acompañar un bono de biodiversidad y desarrollo con tal de nutrir financieramente al sector rural que alimenta a los mexicanos. Con el Segundo Piso de la Transformación, el campo mexicano presencia cómo la audacia financiera y la innovación pública se combinan para abrir un hito histórico en la capitalización del sector agropecuario. La emisión de este bono bursátil por más de mil 600 millones de pesos trasciende la mera gestión presupuestal para convertirse en un viraje estructural: rompe con las abulias y perezas masculinas, lo mismo que la inacción neoliberal, supera las fórmulas coercitivas del modelo chino y coloca a la administración de Claudia Sheinbaum en la vanguardia financiera internacional. Al lograr lo que 40 exsecretarios ni siquiera imaginaron, Columba López demuestra que la verdadera transformación del campo mexicano no dependía solo de recursos sino de perspectiva de género para tener la intrepidez de acuerpar la tierra y su gente en el mercado de valores sin perder el sentido social y público.

EL MÉXICO QUE FENECE Y EL QUE NO NACE

 



 

Por Vladimir Rothschuh

 

La arquitectura fiscal y pensional mexicana continúa atada a una sociedad de empleo asalariado estable, carreras laborales prolongadas y familias numerosas. Este México se desvanece sin que el nuevo termine de nacer. La pandemia aceleró el cambio, las tecnologías lo profundizaron y las nuevas generaciones comenzaron a romper con las aspiraciones que durante décadas sostuvieron al México industrial y al Estado burocrático.  Los mexicanos jóvenes alternan empleos, emprenden por cuenta propia, trabajan en plataformas digitales y privilegian la liquidez inmediata frente a beneficios que perciben lejanos o inciertos; cuestionan una formalidad que les exige cada vez más y les devuelve cada vez menos. La seguridad social descuenta, las Afores administran el ahorro para el retiro y los impuestos absorben una parte del ingreso, pero el trabajador no siempre encuentra servicios médicos oportunos, una pensión suficiente o condiciones para construir un patrimonio. El viejo pacto del Estado social pierde credibilidad porque su promesa de estabilidad ya no corresponde a la realidad. Para muchos mexicanos, comprar una vivienda, tener automóvil, casarse y formar una familia numerosa dejó de ser una secuencia natural de la vida. Tampoco los jóvenes consumen como sus padres: leen menos periódicos impresos, no compran cachitos de lotería, les desagrada bailar, no tienen hijos, no se casan, menos acuden al cine, usan Uber,  y participan de manera distinta en la economía. Ni rebelión generacional ni  moda cultural: detrás de estas decisiones hay ingresos insuficientes, empleos precarios, vivienda inaccesible y una percepción creciente de que el esfuerzo no garantiza movilidad social. México sigue evaluando el presente con las reglas del pasado, por eso se encienden las alarmas cuando disminuye la proporción de trabajadores que cotizan; se encienden las sirenas por la inviabilidad de las pensiones y el desequilibrio de las finanzas públicas. Se habla de ampliar la base de contribuyentes, formalizar empleos y aumentar la productividad, pero se discute menos el costo que el propio sistema impone a quienes deberían sostenerlo. Es ingrata la continuidad laboral en una economía que multiplica la discontinuidad, más cuando se exige ahorro de largo plazo a quienes viven al día y se pretende asegurar la vejez sin resolver la incertidumbre de la vida productiva diaria.  El actual pacto económico  pretende financiar el futuro con las reglas laborales del pasado, sostener a las mismas élites políticas, económicas, burocráticas y sindicales preservando espacios de protección y privilegios, en tanto amplios sectores mexicanos soportan la pérdida de poder adquisitivo, la precariedad y el encarecimiento de la vida. La carga se distribuye de manera desigual, pero la factura termina llegando a quienes tienen menos margen para defenderse. El México que fenece es el de la estabilidad laboral como destino, la familia numerosa como norma y la seguridad social como garantía automática de bienestar.

 

WU ZETIAN: FEMINISMO MAOÍSTA

 


Por Vladimir Rothschuh

 

Claudia Sheinbaum podría encontrar en Wu Zetian una lectura  reveladora del poder femenino. Más sorprendente como estadista que cualquier manual contemporáneo del feminismo: Wu  revela a una mujer que desafió hace más de trece siglos las jerarquías chinas que reservaban el mando supremo a los hombres. Mao Zedong rescató a aquella única emperadora de la extinción histórica de los cronistas confucianos y la convirtió en un referente de la lucha contra el orden feudal vigente. Wu huérfana de padre desde niña, con enormes dones para las artes, llegó como mucama al Palacio en 637  y terminó fundando en 690 su propia dinastía, la Zhou. Entre ambos momentos construyó una carrera política que la llevó de la servidumbre e intimidad imperial al centro de las decisiones del Estado. Su ascenso confrontó al patriarcado, en disputas contra ministros, aristócratas y familias que consideraban el poder una herencia masculina. La única “Emperador de China”, reorganizó alianzas, promovió funcionarios por sus conocimientos y utilizó el budismo para construir una legitimidad que el confucianismo le negaba. Mao encontró en ella algo más allá que una excepción femenina, vio a una gobernante capaz de administrar el Estado, seleccionar talentos y debilitar el monopolio de las grandes familias. En 1975 reivindicó Mao su capacidad política frente a una sociedad en la que el estatus de las mujeres estaba subordinado a los hombres. La restauración tenía también una finalidad ideológica: disputar a la historiografía tradicional el derecho de decidir quién merecía reconocimiento y quién debía quedar sepultado bajo la descalificación moral. La lección para  la presidenta Sheinbaum no reside en imitar a la emperatriz ni en convertir el feminismo maoísta en una consigna de gobierno;  consiste en advertir que conquistar la cúspide del poder equivale a transformar las estructuras que lo distribuyen.  Wu Zetian  desgarró una barrera de género y retó a las élites hereditarias; su experiencia también manifiesta que el talento de estadista debe juzgarse por el ejercicio del poder, no por el sexo de quien encabeza el gobierno. La presidenta Sheinbaum tiene ante sí una pregunta que la historia de Wu obliga a formular acerca de dónde puede llegar una mujer en el poder sin reproducir las jerarquías que hicieron excepcional su llegada.  La relectura de Wu Zetian merece entenderse en ese riguroso contexto político, confrontada a los conservadores y a las estructuras feudales; su condición de mujer dejó de ser una anomalía moral para convertirse en evidencia de la arbitrariedad del viejo orden.  Mao Zedong reinterpretó a Wu contra la ortodoxia confuciana y décadas después el progresismo de Sheinbaum podría releerla para reexaminar la distancia entre representación femenina y transformación política. El patriarcado mantuvo la estela funeraria de Wu Zetian sin inscripción a lo largo de los siglos. La historia oficial china, igual que la mexicana, ha sido escrita por hombres encargados de silenciar, tergiversar o borrar el liderazgo de las mujeres que osaron romper el techo de cristal machista. 

ENTRE DERECHA E IZQUIERDA

 




Por Vladimir Rothschuh

 

La incongruencia latinoamericana de una izquierda que se proclama antiimperialista es que terminó disputándose las posiciones del capitalismo político, las prerrogativas presupuestales y las candidaturas como cualquier otra organización de derecha. El Partido del Trabajo representa esa contradicción en México. Su historia se desarrolló en el reacomodo político del salinismo y en la necesidad de construir nuevas expresiones partidistas frente a la decadencia priista. Desde entonces, la supervivencia del PT ha dependido de su capacidad para negociar espacios, conservar registros y participar en coaliciones. De Carlos Salinas a Andrés Manuel López Obrador, ha transitado Alberto Anaya por distintas geografías presidenciales sin abandonar la jefatura de su partido. Cambiaron los sexenios, los discursos y los padrinos políticos; permaneció la maquinaria electoral subsidiada por el IFE. Ayer el PT se vendía como una izquierda modernizadora; después se incorporó al vocabulario transformador de la Cuarta Transformación. El cambio de lenguaje no alteró su vocación de negociar con el poder. Por eso resulta tan revelador que ahora Alberto Anaya levante la voz contra la supuesta injerencia estadounidense en la selección de candidaturas de Morena para 2027. La soberanía es un principio irrenunciable, pero deja de serlo cuando se aplica según la nacionalidad del interventor o la afinidad ideológica del gobierno beneficiado. La soberanía no puede ser una patente de corso para los socialismos amigos ni una condena automática para los imperialistas. La doble moral se vuelve todavía más evidente cuando se contrasta la retórica emancipadora con la realidad de los pueblos. Ahí se encuentra la bancarrota moral de esta izquierda: en haber confundido el antiamericanismo con un programa de justicia social y la defensa de sus aliados con la defensa de los pueblos. El dinero capitalista no desaparece porque se disfrace de socialismo; cambia de manos, de discurso y de beneficiarios. La antigua lucha de clases termina reducida a una lucha por el presupuesto, las posiciones públicas y el control de las candidaturas. El PT puede invocar la hoz y el martillo cuanto quiera, pero la prueba de una ideología no está en sus retratos, sus consignas ni sus homenajes internacionales. Está en su capacidad para transformar las condiciones materiales de la población y someter el poder a equilibrios democráticos. Si la praxis termina en componendas electorales, privilegios de dirigencia y silencios frente al abuso, el socialismo se convierte en decoración de una empresa política. Alberto Anaya tiene derecho a denunciar cualquier injerencia extranjera; lo que no puede exigir es que su denuncia sea creíble mientras practica una selectividad ideológica que condena los excesos de unos gobiernos y disculpa los de otros. La soberanía no se defiende escogiendo qué potencia puede intervenir y qué otra merece indulgencia. El problema del PT no es que denuncie el injerencismo estadounidense, es que pretenda monopolizar la soberanía mientras administra sus alianzas como una franquicia ideológica. Una izquierda o una derecha que necesita gobiernos extranjeros para justificar silencios y presupuestos con tal de conservar su supervivencia electoral ya no representa una alternativa, no sólo al sistema político mexicano, sino a cualquier otro.

 

 


LEGADO AGROECOLÓGICO

 



 

Por Vladimir Rothschuh

 

El patriarcado agrario atrapó al campo mexicano en una contradicción: o se explotaba la tierra hasta agotar sus nutrientes o se la declaraba intocable en nombre de la conservación, dejando al campesino sumido en la pobreza. Romper con esa falsa disyuntiva es la premisa con la que Claudia Sheinbaum y Columba López buscan imprimir su propio sello femenino en Sembrando Vida, una iniciativa «única en el mundo» porque entrelaza la dignidad económica con la sanación de la tierra. Las visiones pasadas  del Estado machista eran jarabes de pico, muchos discursos y es aquí donde entra la gestión de Columba López Gutiérrez al frente de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural con la encomienda de convertir una promesa gubernamental en una transformación duradera para cerca de 450 mil familias campesinas. Porque el objetivo de Sembrando Vida supera  la simple métrica forestal con  árboles frutales, maderables  para devolverle al campo la capacidad de retener a su gente. En México donde la migración y el abandono rural han sido por años la única salida a la miseria, la apuesta del Segundo Piso de la Transformación busca que la parcela vuelva a ser un hogar seguro y productivo. Para lograrlo, Sembrando Vida ha desmantelado el esquema del subsidio individualista. En su lugar, el corazón de la estrategia late en las Comunidades de Aprendizaje Campesino. En estos núcleos de trabajo, las arrugas de la experiencia de los viejos agricultores se cruzan con el conocimiento de jóvenes técnicos. Entre surcos, los sembradores no solo intercambian saberes ancestrales y nuevas metodologías: aprenden a ahorrar juntos, a planificar sus cosechas y a defender colectivamente el valor de su trabajo. Otro de los giros más radicales que lidera Columba López es la desintoxicación del suelo: no más glifosato. A través de miles de biofábricas comunitarias, las propias manos que antes dependían de insumos químicos caros y nocivos, hoy elaboran fertilizantes orgánicos, abonos y caldos minerales. El resultado es un círculo virtuoso: se reducen drásticamente los costos de producción, se protege la salud de quienes trabajan la tierra y se restaura la vitalidad del suelo.  El proyecto agroecológico de Claudia Sheinbaum y la operatividad técnica de Columba López, encarnan una de las transiciones más ambiciosas en la historia reciente del desarrollo rural en América Latina y del mundo.

 

 

 

¡ES HARFUCH¡

 



Por Vladimir Rothschuh

 

Es el mejor evaluado del gabinete de Claudia Sheinbaum y representa aquello que todos los mexicanos están pidiendo desde hace décadas y lo viven cotidianamente: seguridad en sus vidas, en sus familias, en su comunidad. Si la ambición de la hilandera de Palacio Nacional es tejer paz, Harfuch es la mejor puntada en esa urdimbre, pues representa algo que no ha conseguido resolver el gabinete con sus cuadros más ideologizados: resultados que pueden convertirse en confianza pública. El capital de Harfuch no procede de las asambleas, las consignas ni las disputas de las tribus; se viene construyendo bajo el escrutinio de una ciudadanía que reclama datos duros y fiables sin abrazos, sin balazos, con inteligencia. Llamarle uno de los eslabones que sostienen a Sheinbaum frente a los halcones de su propio movimiento, como aquellos que hace dos años ya se repartían mentalmente el futuro político del país, puede ser supletorio; es más bien el "efecto omega" que blinda invisiblemente a la Presidenta de México. Pues está más que visto tras la depuración del falso legado de honestidad, que el poder tiene sus propios tiempos y la realidad suele desbaratar los pronósticos de quienes confunden pertenencia partidista con derechos hereditarios. Hoy que ya no hay vida dentro del clóset y la diversidad ocupa su lugar en la clase política, el Pedro Infante de Manuelito Velasco es tan Batman como el de una servidora pública que hace con inteligencia artificial una postal abrazando a Harfuch tras la pasión perfilada del Caballero de la Noche o un galancete de matiné. Las diferencias no deberían importar: el secretario estaba posicionado antes de que los lorquianos ay verde que te quiero verde lo redescubrieran ante la lámpara de Diógenes al mediodía. Ningún respaldo inventa a Harfuch, pero sí permite proximidad a un capital político que no les pertenece. Los verdes, ya con casi media docena de gubernaturas en su topbag, han hecho de esa estrategia una constante: identificar oportunidades, negociar posiciones y convertir sus votos legislativos en influencia dentro de las coaliciones. La presidenta Sheinbaum ha querido cerrar anticipadamente la conversación sucesoria. Harfuch, por su parte, sostiene que su única agenda es la seguridad, aunque su mandíbula luzca distinta, como aquella Claudia de CDMX que comenzó a peinarse con cola de caballo. Ambos tienen razones para evitar que 2030 distraiga al gobierno. Pero el silencio oficial no cancela las realidades políticas ni impide que los partidos midan fuerzas. Entre el aserrín mundanal de corcholatas, la diferencia marcada parece ser Harfuch por su desempeño profesional y la confianza que ha conseguido construir con nuevas estrategias de inteligencia policial. Los sondeos mensuales que lo tienen a la cabeza del gabinete hablan por sí solos para no proclamarse heredero ni organizar una corriente a su nombre con tal de aparecer en la narrativa. Tampoco requiere de muletas verdes para adquirir relevancia frente a los guindas, donde las independencias se someten constantemente a crítica. Ahí Harfuch constituye una pieza estratégica para la presidenta: su eficacia está en resolver las necesidades de Sheinbaum en seguridad pública, sosteniendo una relación de confianza sin convertirla en una disputa pública por el poder.


FANFARRIA Y PEDIGRÍ

  


Por Vladimir Rothschuh

 

Los grandes acontecimientos de México siempre llegan de fuera, desde nuestros orígenes somos globalistas. La Independencia se gestó tras la invasión napoleónica a España y se alimentó de la Ilustración y las revoluciones de Estados Unidos y Francia. Nuestras repúblicas del siglo XIX copiaron el modelo estadounidense o el liberalismo europeo, mientras que los imperios de Iturbide y Maximiliano respondieron a intereses importados. Incluso la Revolución de 1910 bebió de las aguas del positivismo comtiano, el anarquismo y el liberalismo. De ahí nació la Constitución de 1917, pionera del derecho social que se adelantó a la de Weimar. Nuestro acendrado chauvinismo posrevolucionario compartió la cromática garibaldina además de los valores del Duce como Partido de Estado. El “milagro mexicano” no fue sino la versión local del modelo de sustitución de importaciones promovido por la CEPAL en toda América Latina. El 1968 mexicano tampoco fue la excepción, respondió a una ola planetaria: la Guerra de Vietnam, Praga bajo los tanques soviéticos, el Mayo francés y los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Amor y paz, drogas y sexo, en México el movimiento nació de una trifulca estudiantil reprimida con ferocidad y escaló entre marchas, la ocupación militar de la UNAM y la sombra de los Juegos Olímpicos. En el fondo palpitaba la sucesión presidencial. El golpe de Luis Echeverría para someter a Díaz Ordaz y al Ejército culminó en la tarde trágica del 2 de octubre en Tlatelolco. Echeverría obtuvo la candidatura en 1969, gobernó el país y, décadas después, moriría impune. De aquella herida brotaron las transacciones caribeñas de las guerrillas de los años setenta. Luego llegó el neoliberalismo de la era Thatcher-Reagan y, más tarde, la transición democrática impulsada por la tercera ola global de aperturas políticas. Hoy, el 2 de octubre se ha vuelto un fenómeno de apropiación. Quienes gobiernan o legislan apenas eran niños o no habían nacido en 1968; cada aniversario se enfundan en la consigna «2 de octubre no se olvida». Lo hacen a costo cero: sin haber pisado la cárcel de Lecumberri ni el exilio. La memoria del 68 se transformó en un recurso retórico de la partidocracia. El Estado pedía perdón y levantaba memoriales, mientras devolvía al Ejército tareas de seguridad pública. La cooptación tampoco es nueva, el propio Echeverría usó su «apertura democrática» para absorber a exlíderes con becas, plazas y puestos públicos. La historia se repitió con el salinismo, con el PRD y ya vimos el fracaso reciente de Pablo Gómez con su reforma electoral. El 68 es para sus defensores, la culminación de la lucha; para sus censores, es la prueba de que se convirtió en un pedigrí moral legitimando cada momento político con los mismos instrumentos represivos del Estado.

 

ISABEL LA CATÓLICA, DESTERRADA DE MÉXICO





Vladimir Rothschuh

 

En las inmediaciones del equipo de Clara Brugada cobra fuerza una ocurrencia coyuntural al abrigo del  rebautizado 12 de octubre como el Día de la Resistencia Indígena o de los Pueblos Originarios: se pretende expulsar del Centro Histórico de la Ciudad de México el nombre de la mujer que transformó Europa y cambió la percepción del mundo achicado a Asia, África y, como decía Toni Negri, de la península de Oriente Medio, llamada Europa. Isabel la Católica es un figurón en los anales del mundo; intentar echarla del Centro Histórico solamente cabe en una formación ínfima para darle ese nombre a una de las heroínas de barro en oblicuidad a lo sucedido con el almirante Cristóbal Colón en Paseo de la Reforma; conmueve el desafecto ante los recientes Premios Princesa de Asturias que bien recibe el gobierno de la presidenta Sheinbaum de las manos de la Corona Española. Isabel la Católica fue y sigue siendo un mujerón por sus virtudes, dones, valores, invenciones, creaciones que identificaron su “honrada medianía” de una vida austera dedicada a servir a Dios y a los hombres y mujeres de su tiempo. Las locuras llegaron después a Castilla con su nieto borgoñés, cuya corte flamenca se robó y despilfarró todo el oro de México, no así su otra nieta María Tudor, un sólido y verdadero reflejo suyo. Con la praxis aprendida en el orden reglamentario que retiró del estadio Azteca los rojos usureros de Banorte y la señalética global que devolvió los amarillos a la vía pública sobre los morados chilangos; igual sentido habrá de recobrar  nuestra Jefa de Gobierno entre aquellos cuya ignorancia fomenta estulticias, cobrándole a la magnánima Isabel los extravíos humanos de las ambiciones que acompañaron a la ruta comercial a las Antípodas. Unas cuantas perlas del inmenso Rosario Castellano valen sumarse frente a los tlacuaches que se ahogaron en la laguna mexica intentando comerse el queso de la luna: doña Luna Isabel modernizó la Universidad de Salamanca; es creadora del primer hospital de sangre del mundo; formó el primer cuerpo policial que se tiene noticia; vestía y vivía franciscanamente mientras otros acumulaban riquezas y honores, ella hizo de la Corona un servicio y de la piedad una forma de gobierno; echó a los moros de Granada y recuperó 800 años de ocupación musulmana; creó la unidad de España poniendo orden a los principados y que el machista de Maquiavelo ignoró cediéndole ese mérito a Fernando; inspiró la reforma cuando contravino al papado por sus lujurias y perversiones; financió con sus joyas porque Fernando se había gastado todo, la expedición del almirante Colón; fomentó el arte y la cultura (Princesa de Asturias); concedió la gracia a los judíos para vivir como buenos católicos en la península; ordenó bienaventuranza cristiana a favor de los indios; y nos conmueve hasta la fecha la humildad con que celebró el descubrimiento de las Indias Orientales invitando al almirante Colón a quedarse a almorzar porque para tal celebración había ordenado cocinar una gallina. Frente al reduccionismo histórico que busca juzgar el pasado con pasiones contemporáneas, la figura de Isabel la Católica permanece. Salvar su nombre en la traza urbana no es una concesión al colonialismo, sino un acto de madurez cultural y respeto por la memoria de un proceso universal 

CLAUDIA O LA COATLICUE

 



 

 Por Vladimir Rothschuh

 

Los gritos del pueblo agolpado en el Zócalo de la Ciudad de México coreando “¡Presidenta, Presidenta, no estás sola!” calaron hondo en las postales familiares de Claudia Sheinbaum, emparentada en lo familiar con la atmósfera del autor de El otoño del patriarca. La mujer más poderosa de América Latina brillaba en la plaza pública como una Coatlicue contemporánea, ataviada no con ornamentos estériles, sino con las cabezas recién cortadas al vulgar patriarcado que ya se hacía dueño absoluto de gubernaturas, alcaldías y diputaciones. Aquel viejo orden, acostumbrado a repartirse el país como botín de rancho, alcoba y despacho, contemplaba atónito el surgimiento de una figura que disolvía sus certezas de siglos. A dos años de distancia, Sheinbaum avanza paso a paso, dejando cabos sueltos solo en apariencia, pues en realidad ejerce una paciente afición tejedora con la que elabora la urdimbre exacta de su propio claudismo. La corrupción heredada con la que se amalgamó un movimiento nacional, degenerativo en sus tribus locales antes que regenerador en sus hechos, topó de frente con las virtudes de la primera mujer en la historia nacional que alcanza la Presidencia de la Republica. Los primeros pasos de Sheinbaum soportaban el peso inmenso de una investidura sacrosanta y convulsa. Parecía por momentos un andar tambaleante, pero se mantuvo erecta; con la firmeza de quien ha sido recién horneada en el génesis mexicano, su temple se fue endureciendo progresivamente como un pedernal de fuego. Esa metamorfosis obligó al machismo telúrico del sistema a mirarse directamente en el espejo negro y humeante de Tezcatlipoca, descubriendo allí la decrepitud de sus viejas formas de mando. La construcción política de Sheinbaum no es un hecho aislado ni puramente cupular: es la edificación reflexiva de cada mexicana desde la trinchera familiar, la calle hostil y el centro de trabajo bravucón. Obviamente se trata de una labor progresiva en la que Sheinbaum ha lucido su mano firme, desbrozando su propio camino y el del país entero de la corrupción que imantó a la variopinta degradación de presuntos transformistas que, al ya no tener cabida en la desmedrada partidocracia tradicional, buscaron un futuro impune en las filas guindas. Hoy, la soberbia de ese patriarcado acorralado ya no evoca únicamente la novela del colombiano, sino el brevísimo y demoledor paraje del guatemalteco Augusto Monterroso: al despertar, el dinosaurio del machismo institucional todavía estaba allí, abriendo sus párpados de siglos únicamente para dejar rodar lágrimas terrosas ante la desgracia diluviana que ha terminado por arrasar con su progenie putrefacta. México contempla en Sheinbaum el paso firme de una Presidenta que reescribe la historia sobre las cenizas del viejo régimen, irredento aún en los rescoldos del cinismo.

EL PACTO AGRÍCOLA

 



 

Por Vladimir Rothschuh

 

La reciente visita de la Presidenta de México a Sinaloa marcó un eje renovado en la relación del Gobierno Federal y el corazón agrícola del país. En su gira de rendición de cuentas  Sheinbaum reafirmó que el desarrollo del sector agrícola es una prioridad estratégica para la soberanía alimentaria nacional. Escuchando de viva voz las inquietudes de los productores sinaloenses sobre la comercialización y el financiamiento de sus productos, la Presidenta respondió con el activo más valioso de sus políticas públicas: presencia territorial inmediata, diálogo directo y resoluciones operativas de fondo.  La materialización de esta encomienda quedó a cargo de Columba López, consiguiendo conforme a su estilo  un sustancial despliegue de varios días de resultados en territorio sinaloense. La misión rebasó la simple labor administrativa de ventanilla que durante años caracterizó al sector: hoy se construye la verdadera transformación estructural  desde el surco. Los frutos alcanzados en este encuentro de Sader con los productores estatales, abrieron una etapa de certeza debido a que se agilizó la dispersión de los incentivos por tonelada mediante la revisión transparente de padrones, se eliminaron las trabas burocráticas con un esquema de atención "uno a uno" y se instalaron mesas de trabajo con la banca de desarrollo para garantizar crédito accesible y oportuno de cara al ciclo otoño-invierno y a las vedas acuícolas. Columba López imprimió su sello bajo la instrucción presidencial inequívoca,  superar los esquemas del pasado que en ocho años dieron otros resultados. Las fórmulas técnicas que funcionaban en el papel, tropezaban en la dinámica diaria de los Módulos de Riego; las gestiones locales que solían verse rebasadas por la magnitud de la agenda agrícola, han dado paso a una coordinación federal decidida desde la nueva Sader. Al enfocar los esfuerzos en la reducción de costos de insumos, la eficiencia hídrica ante los desafíos climáticos y la protección de los precios para el productor, la estrategia de la presidenta Sheinbaum manifiesta que su política agrícola ya no se limita a contemplar los indicadores macroeconómicos o a gestionar la inercia legada cuando hoy las políticas agrarias se ejercen en las siembras y mano a mano con la gente. Columba López fue enfática cuando les dijo a los productores sinaloenses de tierra y mar que la transformación rural ya no se garabatea desde la distancia de un escritorio ni bajo la complacencia pretérita: la alianza es directa con quienes alimentan al país. El acuerdo trazado por la nueva Sader con los productores pesqueros, ganaderos y agrícolas de Sinaloa, define un trayecto de trabajo con metas claras a 30 días y un Plan Multianual a cuatro años como un nuevo pacto del Estado por un agro comercial y sustentable. La determinación de la presidenta Sheinbaum, ejecutada con capacidad técnica y sensibilidad social en el campo, sentencia que cuando se asume el liderazgo con una visión integral, hay estabilidad y paz. 

 

BRUGADA: LOS 43 Y EL EJÉRCITO

 




Vladimir Rothschuh

 

 

Clara Brugada no encontró una pizca de cultura en las Fuerzas Armadas para permitirle compartir el espacio cultural más vasto del mundo, que es el Bosque de Chapultepec, Naturaleza y Cultura; esto es, que se reinstalara la milicia con un museo que no presentaría un inédito Siqueiros o un José María Velasco recién descubierto, una macana colhua o una rodela maya. La negativa de la Jefa de Gobierno restablece la larga tradición de la izquierda mexicana hacia el Ejército como responsable de la represión social, desapariciones, torturas y que tiene ante la SCJN abiertos reclamos de justicia por la Guerra Sucia y mantiene en las calles las protestas de los 43. La Primera Sala de la Suprema Corte ha sostenido, además, que es jurídicamente posible investigar y sancionar como delitos de lesa humanidad hechos de la llamada Guerra Sucia. Chapultepec, Naturaleza y Cultura es un espacio cultural de más de 800 hectáreas, concebido como uno de los grandes proyectos culturales y ambientales del país, logrado durante la gestión de Alejandra Frausto como titular de Cultura federal y hoy acompañante en el gabinete de la CDMX desde la Secretaría de Turismo. El proyecto incorporó, además, terrenos que anteriormente pertenecían a la Secretaría de la Defensa Nacional. La larga lucha republicana de México ha girado en torno de asonadas militares, golpes y luchas por la civilidad. La última expresión del restablecimiento del mando civil fue cuando el general Lázaro Cárdenas, después de romper con el maximato callista, optó en 1940 por un sucesor moderado: el general Manuel Ávila Camacho. Pero el dato decisivo vendría después: Ávila Camacho, también militar, condujo el tránsito hacia un régimen en el que la Presidencia dejó de recaer en un hombre de carrera castrense y entregó la sucesión a Miguel Alemán, primer presidente civil de la etapa posrevolucionaria. Después de la matanza estudiantil del 68, el progresismo mexicano se corrió hacia la izquierda demandando pluralidad al Partido de Estado bajo la narrativa garantista que el país exigía conforme los logros democráticos de otras naciones. El discurso de la izquierda se mantuvo desde entonces hasta 2019, cuando ocurre el concubinato de la izquierda con el Ejército en una transformación penosa que abrió las puertas a un modelo distante de las democracias occidentales. Bajo el miedo de terminar López Obrador como otro Madero, acabó desnaturalizando lo que era su discurso contra la milicia, teniendo en Iguala su elevada narrativa que le abrió camino a Palacio Nacional. Restituir esos principios de la izquierda mexicana, sin importaciones postizas del chavismo o el castrismo y su cesarismo estalinista, es la hoja de ruta retomada por Clara Brugada cuando le señala al Ejército que Chapultepec es área de valor ambiental y no permite edificaciones que contradigan el trazo original del esplendoroso proyecto que da realce a México ante el mundo. Esa restitución de la tradición progresista mexicana, consolidada a partir del 68, el Halconazo, la Guerra Sucia y los 43, permite que se utilice el artículo femenino porque condensa el horizonte recuperado de la izquierda que fecunda a otros sectores honestos de la milicia; el pueblo-ejército mantiene firme sus roles históricos en la arquitectura republicana de un país con derechos, donde la civilidad debe sostener el andamiaje democrático como se concibió a mediados del siglo pasado y que puede alcanzar la madurez de ver a una civil al frente de las secretarías de la Defensa y de la Marina una vez que Clara Brugada alcance en el 2030 la máxima magistratura nacional; paso obligado cuando mantiene nuestra milicia cooperación con el mayor imperio belicista de Occidente en acciones conjuntas con el Comando Norte de Estados Unidos. En un país ahíto de violencia, más museos de guerra y armas alimentarían para Clara Brugada, falsamente conciencias débiles que en la ineducación creen que en la fuerza está la razón de los mexicanos y no en su cultura.