CONTROL, EDUCACIÓN Y REDES

 



 


Por Vladimir Rothschuh

 

Uno de los mejores indicadores del INEGI acaba de revelarnos que  los mexicanos hemos superado los paternalismos del Estado,  la familia, la partidocracia y  la Iglesia.  Desde años atrás, la cifra de nacimientos viene a la baja, coincidiendo con la era digital que cambió  la manera de comunicarnos  y también quién tiene derecho a hablar sobre el cuerpo, la sexualidad, la pareja, la reproducción y la familia. Durante siglos, buena parte de esas conversaciones estuvo bajo el control de instituciones que establecían qué era permitido, correcto o aceptable. La Iglesia administraba la moral; el Estado instituía leyes; la familia ejecutaba reglas y la partidocracia convertía buena parte de esas definiciones en materia de legislación y política pública. Internet y las redes sociales  aceleraron  la transformación de las costumbres de nuestro largo mestizaje cultural, poniendo a millones de mexicanos en experiencias compartidas,  conocimientos  individuales y opiniones plurales en la palma de la mano. La sexualidad dejó de ser un asunto que se desorientaba en casa, en la iglesia o en la escuela. Hoy también se aprende, se discute y se contrasta en plataformas digitales.  Esto no  significa que las redes sean una escuela perfecta; también difunden  mitos, violencia, discursos de odio y desinformación.  Convertir esos riesgos en una condena general de la era digital es tan simplista, para que la SEP hoy muestre aquel rostro decimonónico de los poderes fácticos como del Estado interventor y regulador. Las nuevas generaciones hoy pueden consultar especialistas, escuchar experiencias de otras personas, conocer diferentes modelos de pareja y acceder a información sobre anticoncepción; ya no depende exclusivamente de la autoridad que le tocó por nacimiento: los chicos comparan se informan, entre parejas deciden y cuestionan.  Naciones Unidas reconoce que la educación integral puede desarrollarse también mediante plataformas digitales y advierte que la información incompleta o contradictoria deja a los jóvenes expuestos. Las nuevas medidas anunciadas para controlar los celulares en las escuelas remiten al fracaso de lo prohibitivo en vez de otorgar una materia curricular que eduque conforme a las nuevas tecnologías. Quienes están contra el uso de celulares en las escuelas son gente mayor como Susan Greenfield, Shoshana Zuboff, Saskia Sassen , Chomsky y Sennet; otro ejemplo de arcaísmo lo sintetiza Trump insistiendo en un mundo atado al petróleo y haciendo a un lado la agenda verde.  El error de cierta gerontocracia política consiste en observar a la nueva tecnología desde el mundo industrial que la precedió. Desde ahí, las redes aparecen como amenaza porque desordenan jerarquías, cuestionan autoridades y hacen visibles conductas que antes permanecían privadas.  Nada es un exceso; la digitalización no puede juzgarse únicamente por lo que nos incomoda, pues la Iglesia ya no tiene el monopolio de la moral sexual; el Estado ya no controla por sí solo la información; la familia ya no es la única transmisora de valores. Y la partidocracia tampoco puede pretender que las nuevas generaciones acepten sus definiciones sobre familia, género, derechos o reproducción sin someterlas a discusión. Para la presidenta Sheinbaum, Mario Delgado y Rosaura Ruiz, el desafío no consiste en regresar al mundo anterior a las redes, sino en conseguir que la libertad informativa vaya acompañada de educación, responsabilidad y capacidad crítica.

LA DAMA EN EL TABLERO

 





 

Por Vladimir Rothschuh

 

En el tablero de Claudia Sheinbaum, Citlalli Hernández sigue ocupando el lugar de una pieza con movilidad amplia: la dama puede avanzar por distintas casillas mientras la Reina construye su propio juego.  Aunque Citlalli ponga distancia a la cargada,  la política pocas veces espera las convocatorias cuando se es parte del primer círculo de Palacio Nacional. Hay un horizonte mucho mayor desde la perspectiva ajedrecista de la Reina en la edificación de su proyecto de país y que ya se viene prefigurando con la restauración del decálogo moral que nadie voltea a ver y menos respeta. La Presidenta  haciendo a un lado a figuras comprometidas con la corrupción que cínicamente intentaron repetir la pachanga del sexenio pasado, marca la hoja de ruta para la mitad de su administración: el Claudismo debe fundarse en perfiles éticos como el de Citlalli.  A ésta, como  dama del tablero claudista, nadie le puede acusar de nada; no ha robado, no ha mentido. Y es por aquí donde se conduce la narrativa  presidencial: Sheinbaum se desmarca en la segunda mitad de su gobierno de aquellos grupos y personajes cuya trayectoria política, patrimonial o contractual pudiera convertirse en un pasivo para su Presidencia. El primer tramo de su sexenio tuvo que convivir con herencias políticas, compromisos y equilibrios construidos durante el gobierno anterior, cuyo acabose fue Rocha Moya. Aquella arquitectura permitió la continuidad del proyecto, pero también trasladó a la nueva Presidencia grupos, lealtades y viejas disputas. Desde el año pasado es evidente el desplazamiento gradual de liderazgos heredados y la consolidación de un proyecto propio de Sheinbaum como Reina del ajedrez político. La Presidenta tiene  equipo propio, una generación propia de operadores y una estructura política que responde a su proyecto de país y no para negar la transformación, sino para gobernarla sin tutelas.  La mención de Citlalli Hernández para la alcaldía más importante de la CDMX expresa la reconstrucción de una nueva relación de fuerzas dentro de Morena. Porque hay grupos que durante años hicieron de la política capitalina un territorio de acuerdos, cuotas, posiciones y redes. No hace falta ponerles nombre; su presencia es suficientemente conocida. Tampoco hace falta convertir cada señal patrimonial o contractual en una sentencia. Basta observar que, para la agenda de Sheinbaum, las figuras rodeadas de cuestionamientos pueden terminar convirtiéndose en una carga política aunque nunca exista una resolución judicial que los condene, razones por las que el tablero político comienza a moverse y depurarse. La presidenta Sheinbaum no tiene por qué sostener indefinidamente todas las herencias del movimiento que recibió. Gobernar la segunda mitad del sexenio exige algo distinto: seleccionar interlocutores, renovar equilibrios y construir lealtades que respondan directamente a la Presidenta. En otras palabras, la cimentación del Claudismo.


HERNÁN CORTÉS - MIGUEL HIDALGO: INDEPENDENTISMO

 




Por Vladimir Rothschuh

 

Nuestra memoria nacional ha colocado el 15 de septiembre porfiriano de 1896  como el punto de partida de nuestros festejos independentistas,  siendo que el Grito de Dolores es la suma de otras iniciativas semejantes. Durante el Virreinato se acumularon conflictos sucesivos en torno a una misma duda: quién debía ejercer el poder sobre un territorio conquistado, poblado y habitado por generaciones que ya no tenían a España como experiencia inmediata, sino como una autoridad distante y voraz. En 1528, los conquistadores comenzaron a enfrentarse con los funcionarios enviados por la Corona. Alrededor de Hernán Cortés surgió la posibilidad de romper con las disposiciones de la metrópoli, aunque el conquistador prefirió negociar con Carlos V títulos nobiliarios y prebendas, dejando atrás a quienes pretendían llevar la ruptura a sus últimas consecuencias. El germen resucitó en 1566 con la siguiente generación mexicana: Martín Cortés Zúñiga, II Marqués del Valle, y Martín Cortés “El Mestizo”. La facción criolla se reconocía como nacida en suelo novohispano y con intereses propios. La conspiración impulsada junto con los hermanos González de Ávila pretendió derribar a la Real Audiencia y colocar a Martín Cortés, oriundo de Cuernavaca, como rey de la Nueva España, pero la Corona respondió con ejecuciones, prisión y destierros. En 1624, las tensiones alcanzaron al virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves, cuyo gobierno fue derrocado por un motín popular en la Ciudad de México que demostró la vulnerabilidad del poder virreinal en su propia sede. Años más tarde, en 1642, Guillén de Lampart articuló un proyecto de emancipación que incorporaba a indígenas, esclavos y sectores marginados; acusado por la Inquisición, permaneció en prisión hasta su ejecución en 1659. Las dimensiones del conflicto continuaron ampliándose. En 1660, la rebelión indígena de Tehuantepec desafió los abusos de las autoridades locales y el peso de las cargas tributarias. En 1692, la escasez de maíz y el acaparamiento de granos desataron un estallido social masivo que culminó con el incendio del Palacio Virreinal. El hambre y la marginación se consolidaron como motores de la protesta contra el régimen. Durante el siglo XVIII, el orden colonial volvió a ser sacudido. En 1761, Jacinto Canek encabezó en Yucatán una insurrección indígena brutalmente reprimida, mientras que en 1786 las crisis agrícolas y la especulación alimentaria provocaron nuevos motines violentos contra los acaparadores de grano. En las postrimerías del régimen, la conspiración de los machetes de 1799 confirmó que las ideas de transformación política permanecían latentes en la capital. Finalmente, la invasión napoleónica a España en 1808 y la abdicación de Fernando VII trasladaron la discusión al problema central de la legitimidad: desprovista la metrópoli de rey, la soberanía debía volver a los habitantes de la Nueva España. La pregunta que en 1528 inició como una disputa señorial entre los conquistadores y la Corona adquirió, casi tres siglos después, una escala social ineludible. Entre 1528 y 1810 hubo una acumulación paulatina de choques de legitimidades: criollos contra peninsulares,  comunidades contra instituciones;  poder popular contra   poder virreinal.

SCJN: APERTURA SIN FLAQUEZAS

 


 

Vladimir Rothschuh

 

Cumplió su primer año la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación presidida por Hugo Aguilar, con una premisa que rompe la vieja liturgia togal: la justicia debe dejar de ser un capitolio para convertirse en muchos espacios cercanos a los muchos pueblos que son los muchos Méxicos. Durante décadas, el Poder Judicial se construyó a sí mismo como un templo distante, protegido por fórmulas herméticas y por un cripto lenguaje que solo los iniciados podían descifrar. La nueva SCJN conducida por Aguilar Ortiz tiene sello propio: un Poder Judicial que sale de sus oficinas y se encuentra con el país real y  que reconoce que la ley, para tener sentido, tiene que hablar el idioma de quienes la necesitan. La justicia,  conforme  a estas premisas, no puede esperar a que los ciudadanos lleguen hasta ella, debe recorrer el territorio, escuchar a las comunidades y reconocer que México rebasa  los escritorios de ministros, magistrados y jueces. Es una idea presuntamente  sencilla: aceptar que la ley escrita no agota la experiencia de la justicia, y que entre el texto normativo y la vida cotidiana de millones de mexicanos existe una distancia que las judicaturas tienen la obligación de acortar. La justicia pluricultural  es una dimensión significativa hacia la diversidad de reconocer la complejidad del país ampliándola a otras voces,  a otras comunidades y a otras formas de entender la relación entre sociedad y Estado: pueblos indígenas, comunidades históricamente ignoradas, visiones originarias  del derecho que no siempre encajan en el molde occidental clásico. Merece este gran  proyecto del ministro presidente Hugo Aguilar, perdurar  en una SCJN  más cercana pero no por ello  más vulnerable a las presiones del entorno. Escuchar a la sociedad  tiene retos de obediencia ante la ley, pues  dialogar a veces se confunde con  complacer el voluntarismo de pobres y poderosos. La legitimidad que  la SCJN gana  abriendo sus puertas  puede diluirse si esa apertura se confunde con debilidad, si el diálogo se transforma en subordinación;  es ineludible evadir que la proximidad erosione la autoridad moral que un tribunal necesita para decir "no" cuando la ley y lo justo así lo exigen guardando el punto medio del equilibrio. Equilibrio que es  la prueba decisiva para Hugo Aguilar Ortiz debido a que su proyecto reconcilia dos reivindicaciones que durante mucho tiempo parecieron incompatibles: una justicia próxima a las personas y una Suprema Corte suficientemente fuerte para ejercer su autonomía frente al poder político, económico y social.  Por su origen indígena y siglos de marginación, la voz del Ministro Presidente sostiene  la humildad de quien escucha y la firmeza de quien decide; en otras palabras, el indígena mixteco muestra la apertura de quien dialoga y la independencia de quien no se deja arrastrar por las presiones. La verdadera evaluación de este primer año supera la verborrea populista, descansando en la experiencia concreta de quienes buscan justicia muy real y demasiado verdadera, sabiendo que esta reforma judicial cubre expectativas  de menor distancia en una práctica de impartición cotidiana y verificable. El primer informe de Hugo Aguilar, esperemos que haya tres más,  ha colocado sobre la mesa una apuesta ambiciosa, quizá la más ambiciosa que se ha planteado en la historia reciente del Poder Judicial mexicano: transformar su cultura desde dentro  haciéndolo más transparente y  horizontal sin volverlo débil,  más abierto sin sacrificar la independencia que le da sentido a nuestro Máximo Tribunal de la Nación.


PISA, MOCTEZUMA Y SALINAS PLIEGO

 



 

Vladimir Rothschuh

 

Las conclusiones de la Prueba Pisa arrojan tres aspectos fundamentales para su lectura actual: primero, sus evaluaciones responden al siglo pasado midiendo lectomatemáticas; segundo, la actual currícula de la SEP contiene los vicios del fracaso del Modelo Educativo Azteca patentado por el Grupo Salinas y, tercero, la “crisis” emprendida por Marx Arriaga es la sorna de la defensoría del paradigma “aburguesado” que Esteban Moctezuma importó a la SEP. Sobre esas tres variables, la discusión sobre la Nueva Escuela Mexicana ha terminado colocando a la Cuarta Transformación en el centro de todas las responsabilidades. Se le atribuye la ideologización de los contenidos, el abandono de estándares internacionales, la confrontación con la OCDE y buena parte de los cambios que han deteriorado el sistema educativo. Habrá que colocar antes los déficits en su secuencia histórica. Porque previo a que apareciera la Nueva Escuela Mexicana en los documentos de la SEP, ya existía dentro del universo empresarial de Grupo Salinas, el Modelo Educativo Azteca perfectamente identificado bajo tres ejes: carácter, libertad y creación de valor. Esteban Moctezuma presidió Fundación Azteca durante casi dos décadas y dejó esa posición para incorporarse al gobierno de Andrés Manuel López Obrador en la Secretaría de Educación Pública. En 2019 comenzó a tomar forma la Nueva Escuela Mexicana como bandera educativa del nuevo gobierno. El discurso hablaba de educación integral, formación para la vida, cultura de paz, inclusión, comunidad y desarrollo de los estudiantes. Es un lenguaje que contiene conceptos que ya estaban presentes en el paradigma educativo de Salinas Pliego: formación integral, habilidades, carácter, liderazgo, pensamiento crítico y desarrollo de capacidades. Es valioso  entonces el giro emprendido por Mario Delgado en la SEP para una reingeniería educativa sin las deformaciones del sello empresarial y las malformaciones ideológicas marxianas que tristemente defendieron el proyecto de Salinas-Moctezuma, ahora reprobado por la OCDE y cuya expresión máxima la dio Cristóbal Salinas Medina desaprobando el modelo educativo de su papá. La tal Nueva Escuela Mexicana es una entelequia cuya paternidad se esconde bajo la fallida pedagogía azteca; la misma que ha llevado al país a un paulatino quebranto formativo y sobre ese equívoco los mismos responsables de este fiasco se regodean ante los resultados de la Prueba PISA.

ROSTRO DE MUJER

 



Vladimir Rothschuh

 

La arquitectura y el horizonte en el campo mexicano han cambiado de manos, de método y de rostro. Durante más de un siglo, las decisiones del sector agropecuario se dictaron desde despachos alfombrados y visiones masculinas que redujeron la tierra a una simple estadística macroeconómica. En el marco del Segundo Informe Presidencial, las acciones de Columba López  representan un hito por ser la primera mujer en encabezar el sector federal agropecuario, apuntalando un fenómeno político y operativo sin precedentes: la victoria definitiva del territorio sobre el escritorio. Hechura técnica y política de la presidenta Claudia Sheinbaum, ha exhibido en apenas unos meses de gestión en Sader que el campo no requería discursos, sino botas puestas sobre el surco.  Los indicadores de este inicial periodo disipan cualquier  duda. La contención de la inflación en la canasta básica encontró su pilar más firme en la estabilización de los precios del jitomate, que, tras haber alcanzado picos alarmantes de 80 pesos por kilo, descendió drásticamente gracias a la articulación directa con las cadenas productivas. A la par, la protección en cultivos estratégicos como el maíz blanco y los cupos exportadores en caña de azúcar devolvieron certidumbre al abastecimiento, comercio y productores. Uno de los triunfos más complejos del Segundo Piso en el sector agrícola ha sido la desactivación de crisis transversales e internacionales. El problema del aguacate, una tensión binacional que amenazaba las exportaciones y la seguridad en la franja productora, fue resuelto en una labor coordinada entre Columba López y Omar García Harfuch, devolviendo gobernabilidad y garantizando el libre tránsito de los embarques. Asimismo, la respuesta inmediata y técnica ante la amenaza del gusano barrenador contuvo un riesgo epidemiológico que pudo haber paralizado la ganadería regional. En los estados, la efectividad del método Columba ha destrabado añejos nudos de corrupción e ineficiencia. En Nayarit, Zacatecas y Durango, toneladas de frijol estancadas en las bodegas por desidia burocrática e intermediarismo fueron rescatadas y canalizadas a los circuitos comerciales a precio justo. En el sureste, el rescate de la abeja melipona en Yucatán atendió una demanda ambiental y social olvidada por décadas, librando la biodiversidad y el sustento de las comunidades mayas. Este dinamismo del Segundo Piso de la Transformación desmonta de golpe la inercia patriarcal del sector agrícola. Por generaciones se repitió que la conducción del campo era un asunto exclusivo de hombres. Sin embargo, como bien observaba la activista y pensadora hindú Vandana Shiva, la conservación de la tierra, la protección de las semillas y la soberanía alimentaria han descansado históricamente en el trabajo invisible de las mujeres. Columba López traslada ese sabio matriarcado agrícola a la alta función pública: una visión agroecológica, social y pragmática que entiende que la tierra responde al trabajo directo, no a las minutas de oficina. La presidenta Sheinbaum, a través de sus cuadros formados en la eficacia, reafirma que el talento, la capacidad de gestión y la cercanía con la tierra tienen hoy rostro de mujer.

 


ANGELA DAVIS: FEMINISMO EN LA UNAM

 


 

La imagen no podía ser más simbólica: miles de jóvenes hicieron fila durante horas en la UNAM para escuchar a Angela Davis, ícono mundial del feminismo, el antirracismo y las luchas por la emancipación. Mientras la UNAM recibía a Davis con honores, estudiantes irrumpieron en el acto para denunciar violencia, represión y lo que consideraron una apelación  institucional de legitimarse mediante la presencia de una figura internacional en el contexto feminista universitario. La protesta terminó formando parte del propio acontecimiento. El horizonte merece algo más que consignas, debido a que la UNAM ha construido en los últimos años una extensa arquitectura institucional de igualdad y atención a la violencia de género. Su propia estadística revela una transformación que obliga a revisar el diagnóstico: las mujeres representan alrededor de 52 por ciento de la matrícula y son mayoría en bachillerato, licenciatura y posgrado; además, egresan por mérito propio y se titulan en proporciones superiores a los hombres. Esto no significa que la desigualdad haya desaparecido. En determinadas áreas académicas, administrativas y posiciones de investigación persisten brechas importantes. Tampoco equipara que la violencia de género haya dejado de existir. La Defensoría mantiene abiertos mecanismos específicos para recibir y tramitar denuncias. Pero una cosa es reconocer esos problemas y otra convertir cada estadística de denuncia en prueba automática de que la violencia disminuye: estas también dependen de la disposición y de los mecanismos institucionales para reportarlas. El cruel ejemplo es la “renuncia” de la primera mujer en alcanzar la Secretaría General, Patricia Dávila, removida como chivo expiatorio en un lodazal que los masculinos de la burocracia resolvieron como en las épocas tenebrosas y arcaicas de quemar brujas: la mujer es la culpable. Aquí comienza la discusión que la argumentación no puede eludir: acerca la responsabilidad individual o de una falla colectiva que terminó concentrando su costo político en una mujer, para reemplazarla no por otra mujer como espacio de género, sino para devolverle al mismo grupo de poder denominado batas blancas el espacio inmerecido por una mexicana: en la Torre de Rectoría, no es tiempo de mujeres. A esto también se refiere la presidenta Sheinbaum cuando habla como Puma de Corazón, pues hay una desorientación más que académica, conservadora partidista, donde la alta burocracia unamita es declarada adversaria de la Cuarta Transformación, muy a diferencia del grueso universitario donde alguna vez militó Sheinbaum en su juventud. La paradoja es inevitable: un sector progresista de la UNAM trajo a Angela Davis como parte de esa dialéctica irresuelta que anda coja cuando reclaman en su evento, y la maldad edénica se la cobró a la Eva de la Secretaría General conforme los viejos modelos del patriarcado. Invitar a grandes figuras del pensamiento emancipador resulta alentador pero estéril si las estructuras universitarias continúan operando bajo lógicas de chivo expiatorio y violencia patriarcal. La verdadera transformación de la universidad no se debería medir por el aforo de sus conferencias estelares, más bien por la capacidad de impartir justicia real en sus aulas y de erradicar la costumbre secular de culpar al “sexo débil” por los males que los hombres empoderados rehúsan asumir, como en los orígenes de la Real y Pontificia Universidad de México.

EL PROYECTO Y SUS PROPÓSITOS

 



 


Por Vladimir Rothschuh



En la mañana nublada, el Segundo Informe de Gobierno llegó para sollamar los espíritus infatuados y abrigar con camisas de fuerza la nueva proxenitud que alardea con nombres propios  destruir el proyecto y sus propósitos. Uno de los mensajes políticos más claros a su segundo año lo volvió a expresar la Presidenta de México: ningún interés personal puede colocarse por encima del interés del pueblo y de la nación. La frase llega fecunda, luego de  semanas en que han comenzado a mostrarse las primeras fracturas de la disputa por 2027 debido a que las aspiraciones individuales empiezan a mezclarse con candidaturas, posiciones, grupos de poder y caciquismo.  La Presidenta insiste en delimitar  los espacios de poder dentro de la  Cuarta Transformación desde su ejemplaridad de Segundo Piso: ella es el modelo de la real y verdadera medianía pues no tiene hijos, amigos, testaferros, desgarrando con corrupción el tejido  regenerativo de México.  Sheinbaum lo dijo a lo largo de su campaña, quien no entienda que los cargos son temporales yerra en los sinsentidos del poder por el poder.  En los albores del festín politiquero del 2027, la Presidenta fue muy razonable diciéndole más a los suyos que a los extraños que las candidaturas son circunstanciales mientras el proyecto político debe ser permanente. La Presidenta trazó una línea divisoria entre el servicio público y la utilización del poder para construir carreras, patrimonios políticos, grupos y cacicazgos. Apenas hace unos días  había reiterado que “ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la nación”, refrescando una antigua regla superior al partido y a sus protagonistas: el poder corrompe a las conciencias sin principios, el embeleso es deplorable. El Segundo Informe alcanza a todos aquellos que comienzan a comportarse como si la transformación fuera una suma de derechos adquiridos. A quienes confunden popularidad con candidatura, cargo con propiedad, grupo político con partido y aspiración personal con interés nacional, tendrán un mal fin. 2027 ya comenzó a producir comportamientos indeseables; la sucesión legislativa y las gubernaturas convierten al movimiento nacional en un campo de ambiciones bajas que rayan en la mezquindad de la desmemoria. Y cuando las aspiraciones se adelantan, la indisciplina política se vuelve fermento en la fragmentación del poder olvidando de dónde se proviene y a quién se debe esa soberanía concedida. Sheinbaum señaló el riesgo y esas ambiciones  deben ser subordinadas a una regla: primero el pueblo, después el proyecto, enseguida el partido y finalmente, el pueblo. La experiencia de la izquierda nacional en sus extintos partidos  explica abundantemente que los dirigentes que convirtieron el programa en instrumento de beneficio propio terminaron reproduciendo aquello que durante años  se combatió: el patrimonialismo político corrupto, los privilegios deshonestos y la apropiación de las instituciones por grupos delictivos.

 


DE GUADALUPE VICTORIA A CLAUDIA SHEINBAUM

 


 


 

Vladimir Rothschuh

 

Desde Guadalupe Victoria hasta Claudia Sheinbaum, los informes de gobierno de la Presidencia de la República han representado la rendición de cuentas legal y cuantificable del Poder Ejecutivo ante el Congreso de la Unión y la nación. Frente a la inmediatez cotidiana y el encuadre político de las Mañaneras del Pueblo, la historia del Informe de Gobierno constituye el verdadero pulso de la naturaleza republicana de México: un devenir de rupturas, tensiones, continuidades e innovaciones.  La legitimidad del Jefe de Estado siempre ha sido el espejo de su tiempo. Así se reflejó en las disputas iniciales entre las logias masónicas yorkinas y escocesas, en las batallas campales entre liberales y conservadores, en el ritualismo reeleccionista del Porfiriato, en la hegemonía del PRI y sus partidos satélites, y en las posteriores alternancias partidistas de finales de siglo y comienzos de éste. Esa solemnidad del presidencialismo del siglo pasado sufrió un quiebre definitivo cuando la pluralidad irrumpió en el recinto parlamentario. Aquel andamiaje comenzó a fisurarse con Miguel de la Madrid tras ser interpelado en 1988, y se profundizó con los subsecuentes mandatos tricolores que enfrentaron bancadas de oposición: desde Carlos Salinas de Gortari recibido de espaldas por la izquierda, pasando por Ernesto Zedillo confrontado ante la máscara de cerdo, hasta el colapso del protocolo en 2006, cuando la toma de la tribuna impidió a Vicente Fox pronunciar su mensaje. Pero la ruptura total ocurrió con Felipe Calderón. Carente de legitimidad de origen tras la cuestionada elección de 2006 y ansioso por evitar el juicio directo de su contrapeso legislativo, su gobierno promovió la reforma constitucional de 2008 para que el Titular del Ejecutivo no tuviera que volver a San Lázaro a rendir cuentas presenciales. Aquella maniobra, nacida del temor a la confrontación, canceló un rito republicano bicentenario. Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador mantuvieron ese formato a distancia, consolidando el hábito de enviar el texto por escrito a través de la Secretaría de Gobernación y emitir mensajes paralelos. Hoy, la Presidenta Claudia Sheinbaum se sitúa en una posición histórica y democrática diametralmente opuesta por lo singular de su  elección y mandato. Respaldada por la votación más abrumadora jamás registrada en la trayectoria institucional de México, su legitimidad indiscutible contrasta de forma radical con las sombras y componendas del pasado. Con una autoridad política cimentada en la austeridad, la probidad y la medianía republicana, la Doctora Sheinbaum encarna la fortaleza institucional de un Ejecutivo que no requiere parapetarse tras decretos ni enviar emisarios para justificar su gestión como se lo ha dicho en más de una ocasión a sus consejeros políticos, siendo sus encuentros cotidianos con el pueblo su sello de autoridad. Su liderazgo no teme al escrutinio ni a la mirada pública, pues se sostiene en la coincidencia del proyecto de nación con el sentir de las mayorías, por lo que su propósito de volver a San Lázaro es una iniciativa vigente. La propuesta de restituir el formato presencial del informe y retornar a la tribuna del Congreso de la Unión constituye una verdadera lección de valentía y estatura republicana solamente capaz en ella. Lejos de buscar la comodidad del repliegue que caracterizó a las administraciones neoliberales, Sheinbaum demostrará la audacia de quien entiende que el poder público solo se engrandece cuando da la cara a la nación, en territorio y  entre la gente. La decisión de asumir los próximos años personalmente la alta tribuna de San Lázaro, desmantela desde ya el mal legado del calderonismo y rescata el espíritu de 1824 en su estado más puro. Como la primera mujer en conducir los destinos de la Patria, su presencia ante la representación popular no sólo dignificará la división de poderes, sino que redefinirá el ejercicio de la máxima magistratura: una Presidencia honesta, cercana y transparente que restaurará al pueblo de México el sagrado deber constitucional de rendir cuentas de cara a la historia como en nuestros anhelados orígenes del 1 de enero de 1825.


CLAUDISMO: LA RECONFIGURACIÓN DEL PODER

 

 


 

Por Vladimir Rothschuh

 

El presidencialismo mexicano, lejos de haberse diluido con la transición democrática o la alternancia de siglas, mantiene intacta su esencia histórica: la concentración del poder en un vértice único desde el cual se irradia la disciplina, la cohesión y la sucesión. La arquitectura política nacional no admite diarquías duraderas. Todo el sistema gravita en torno a la voluntad superior del titular del Ejecutivo, pues en la cúspide de la pirámide no solo se toman las grandes decisiones de Estado, sino que se administra la permanencia del proyecto político a través del control de la disciplina territorial y legislativa. En vísperas del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta  Sheinbaum, el régimen atraviesa su verdadera aduana estructural. La primera etapa del sexenio estuvo marcada por el tránsito inevitable de la herencia: un gabinete, una bancada y un andamiaje regional confeccionados minuciosamente por su antecesor para garantizar la continuidad de sus intereses y proyecto. Sin embargo, el ejercicio del mando presidencial en México exige la edificación de una fuerza propia de quien ejerce el poder máximo en turno. Cada tres años, el sexenio se ve ineludiblemente sometido a la renovación del calendario electoral, una prueba necesaria del sistema, refrescando el Congreso Federal, las gubernaturas y los congresos locales. Es en esta coyuntura donde Claudia Sheinbaum no solo busca mayorías para gobernar, sino el blindaje político y presupuestal para el desenlace de su gestión. Cuatrienio tras cuatrienio, sexenio tras sexenio, el modelo innovador posrevolucionario de una monarquía electiva se reconfigura desde el pasado inmediato, que debe ser el humus de la nueva savia gobernante. Las recientes designaciones de Morena para los procesos de 2027 en entidades como Campeche, Colima y Aguascalientes, como las por venir, quiero creer que constituyen la primera piedra visible del andamiaje estrictamente Claudista. En la lógica incuestionable del sistema del partido gobernante, no deben existir candidaturas locales ajenas a la mirada de Palacio Nacional. Aunque se revistan de encuestas o deliberaciones internas, los perfiles decantados para operar las gubernaturas e impulsar las listas legislativas responden a un axioma claro: la lealtad directa al eje de autoridad que lo representa la presidenta Sheinbaum. Sin dobleces, nuestra mandataria ha de mantener la certeza de su ejercicio republicano, evitando que le broten deslealtades como ocurrió en el noroeste y que ha remontado desde otras facetas, achicando el crudo patriarcado. Esto es, Sheinbaum ha de construir con equipo propio la gobernabilidad de la segunda mitad de su mandato, así como la defensa de su legado frente al juicio de la historia y las tensiones de la sucesión. La Presidenta tendrá que desplazar progresivamente los contrapesos heredados para sustituirlos por claudistas con identidad propia. Los gobernadores que surjan de las 27 contiendas estatales, como la renovación del Congreso, serán las columnas que le sostengan la espalda. A punto de rendir cuentas sobre su segundo año de administración, la Presidenta manifiesta que la continuidad del movimiento no implica la subordinación perpetua a la figura original, debido a que nuestras prácticas políticas históricamente prohíben un poder bífido sobre el que nunca podrá descansar la base del federalismo y mucho menos las lealtades. Nuestro presidencialismo ha despertado de nuevo en su ritual más antiguo: la edificación pausada pero firme del poder alrededor de quien encarna la máxima figura constitucional: Claudia Sheinbaum.

 

 

 

 

LAS TRAMPAS DEL ESPECTÁCULO




Vladimir Rothschuh
A una semana de rendir su segundo informe de gobierno, la Presidenta de México enfrentó uno de los embates más complejos y reveladores de los últimos veinticuatro meses: un asalto donde la inercia patriarcal y el cálculo político regional pretendieron desestabilizar el pacto federal. Es vergonzoso, pero hay una cicatriz en la democracia mexicana ocurrida el viernes pasado bajo una asonada fallida que aun merece corregirse conforme a la ley para evitar futuras réplicas. Lo acontecido en el noroeste del país no representó un suceso aislado ni coyuntural; por el contrario, respondió a un engranaje donde confluyeron complacencias, inercias oscuras y padrinazgos opacos. Aquella maniobra fue un burdo ensayo diseñado para medir la temperatura política en Palacio Nacional y Washington, apostando a que la máxima investidura del país cedería ante la presión, el chantaje o la provocación estridente. En ese arrebato, la herencia machista y las viejas costumbres del poder local parecieron perder toda cordura. Acostumbrados a la dominación y no al ejercicio democrático, probaron desafiar los equilibrios internacionales e ignorar las inevitables repercusiones geopolíticas que desencadenaría una quiebra constitucional; omitiendo que una crisis de tal magnitud abriría la puerta a tensiones del exterior, amenazando la soberanía misma bajo la narrativa de una restauración democrática frente a la complicidad del crimen y la política; injerencismo le dicen los cínicos. Sin embargo, la firmeza republicana redefinió el desenlace. El punto final a ese manoseo sexista del desempeño público lo puso categóricamente la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Frente a quienes fraguaron la insubordinación desde visiones profundamente regresivas, la Presidenta de México desmanteló la
provocación sin caer en las trampas del espectáculo diario ni comprometer la dignidad de la investidura. Fue una lección magistral de autoridad: desarmar al adversario no mediante la confrontación desmedida, sino utilizando la propia inercia y fuerza de los facciosos en su contra. Al igual que en el arte del aikido, ejercicio que practica de manera constante la presidenta Sheinbaum, supo neutralizar la energía de los contrarios y redirigirla contra ellos mismos. Con templanza, sobriedad y contención, aplacó las pretensiones trasnochadas de quienes creían poder doblegar al centro de la República. La respuesta institucional abrió los ojos de los sediciosos a la realidad de sus actos: la historia mexicana ha registrado pasajes oscuros de personalismos y gobernadores sublevados que ensangrentaron la tierra y a ellos mismos, pero la madurez democrática actual no permitió la repetición de semejantes regresiones provincianas. Los recientes acontecimientos demostraron que el país ha avanzado. Las desbordadas ambiciones nutridas por abuso del poder por el poder han tenido que encauzarse nuevamente a los márgenes del orden constitucional. Frente a la tentación del quiebre, el partido guinda, sus dirigencias y sus gobernadores terminaron por adosarse y disciplinarse en torno al único elemento que otorga cohesión, estabilidad y rumbo a la nación: Claudia Sheinbaum. El orden político de la nación descansa estructuralmente en la figura del Poder Ejecutivo, eje gravitacional sobre el cual se articulan las fuerzas federales. Quedó claro que la ausencia de principios se degrada inexorablemente en arrogancia y las instituciones estatales no están configuradas para alimentar vanidades individuales ni agendas de facción, sino para resguardar la dignidad, la soberanía y la esperanza colectiva. Este uno de septiembre, al conmemorarse un año más de ejercicio soberano de la primera mujer Presidenta de México, la lección resulta contundente: por encima de cualquier nombre propio, de cualquier grupo de presión o de cualquier interés particular, se yerguen inalterables el pueblo y la Nación.