EDITORIAL

EL INTELECTUAL Y EL POLÍTICO

 



*Borges y López Obrador

*Cultura Fibonacci

*Ser o parecer

 

 VLADIMIR ROTHSCHUH

 

El presidente López Obrador con casi una veintena de libros y tres décadas en la política, se coloca a medio camino del personaje edificado desde Platón, Gramsci o Weber. Ahí los senderos se bifurcan para volverse a cruzar con esta sentencia conmovedora al invocar de su parte aquello que Jorge Luis Borges exigía para sí ante sus espejos multiplicados en lunas, tigres, espadas y concluir diciéndole al interlocutor: que prefería que Borges repitiera a Borges, a que Borges repitiera a un fulano. En la Mañanera de ayer el presidente López Obrador emitió una sentencia sobrecogedora fugada entre los versículos testimoniales al señalar que “Un gobernante tiene que repetir, como dirigente; un escritor no puede repetirse, pero un gobernante sí tiene que repetir y repetir, porque su labor básica es hacer consciencia, procurar que cambie la mentalidad, porque eso es lo más cercano a lo irreversible”.  Como intelectual tuvo claro López Obrador desde su primer libro “Los Primeros Pasos (Tabasco 1810 – 1867)”, hasta el último “Hacia una Economía Moral”, la paradoja de Ezra Pound sobre el ABC de la escritura, pero como político debía sostener la congruencia entre el personaje y sus acciones. Encarnar La República en su Idea sin expulsar a los poetas hizo al amigo Pellicer la dorada piel del sentido y por otro lado a Juárez  su ética de la honrada medianía, eslabonando principios. Pero si el Gobernante no Dirige ¿qué encarna, acaso el vacío de Fromm de que si te quitan lo que tienes, qué eres? Sostener la congruencia en el estilo del personaje hace de López Obrador el Presidente impar y atípico del planeta cuando cada día no se resiste entre las sábanas a posponer sus obligaciones cuajadas por Robin Sharma en “El Club de las Cinco de la Mañana”.  El político que repite su mantra, disloca el viejo Orden y sus representaciones, no obstante que el Jefe de Estado Mexicano ha demostrado hasta la fecha en el azogue a los otros como a sí mismo, pues México no es dos, ni tres, es solamente el Uno de todos. Y en ese manantial el dirigente refracta al Estadista que dice "ya no se debe a sí mismo sino al Pueblo": más allá de la partidocracia, de la politiquería, de las elecciones y sus votos, López Obrador como Juárez, Madero o Cárdenas, ha leudado su silueta por encima de las coyunturas. A medio camino del autor de una veintena de libros y tres décadas de congruencias políticas, el presidente López Obrador queda como el otro avatar manifestado de la cuarta transformación mexicana y sus exégesis en devenir.

 


La cultura mexicana no se detiene, es más que el lema de Alejandra Frausto,  como no se detuvo durante la Pandemia hasta volverse un hito internacional del encierro con el maravillo streaming de “Contigo en la Distancia”.  No se detiene en el avance del Nuevo Bosque de Chapultepec erigido en el Fibonacci de la cultura cuya simetría son las aspas que devoran a  Joseph Nye, pues es lo duro de la cultura estructural mexicana y no las blanduras del pop gringo, lo que hacen de lo milenario nuestro eje invocado por el presidente López Obrador y Beatriz Gutiérrez Müller  en la memoria de lo colectivo. La reversión del naranja al verde en la semaforización hacia la nueva normalidad, hará al Bosque de Chapultepec la representación  física de nuestros bienes materiales e inmateriales bajo la superlativa manifestación internacional a reconocer por Jean Nouvel en la intervención de Gabriel Orozco.

 

 

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