Por
Vladimir Rothschuh
La
crucifixión de Jesús desde la perspectiva del Nuevo Poder Judicial Mexicano, es
un tema que a 2026 años mantiene vigencia por la violación a las garantías de
todo proceso. Parece una obra cruel ante el espejo y que no nos asombra aquel
Sanedrín y aquella Suprema Corte: el proceso se hizo a oscuritas, literalmente
a medianoche y cuando estaban prohibidas las penas capitales; se orquestó al
margen de la potestad jurídica del derecho romano bajo tutela regional donde el
gobernante pasó por encima lavándose las manos; Jesús, México, no tenía un
defensor ni de oficio; las pruebas en su contra fueron fabricadas por sus
jueces que a su vez fueron los testigos en contra. El ministro presidente Hugo
Aguilar Ortiz muchas veces se expresó sobre las sentencias contra los pueblos
originarios por ser “legales pero injustas”. Un eterno conflicto, no solamente
mexicano, sobre legalidad y legitimidad, siendo el proceso a Jesús de Nazaret
indebido; ambas particularidades, ni fueron legales, ni fueron justas. Hoy el
Nuevo Poder Judicial Mexicano corrige por mandato soberano el desequilibrio
generado por los vicios de los poderes político y económico. La vieja escuela
kelseniana de la SCJN volvió a explicar décadas atrás, en un tratado de Ulises
Schmill, el indebido proceso al negado Mesías; trabajo llamativo por el
positivismo del Ministro Presidente, pero escaso en el realismo jurídico ante
los palpables abusos políticos de la tecnocracia, como fuente de poder
degradado que no alumbró durante esas fechas neoliberales, aquello en lo que se
había convertido la SCJN. El proceso injusto a Jesús, es una Pasión obligada
hoy en el Nuevo Poder Judicial pues hace a los mexicanos el cuerpo social
crístico replicado Pascua tras Pascua ante la retroalimentación de los abusos
políticos y económicos de un antiguo tribunal racista y clasista.