SU EMINENCIA GRIS





Vladimir Rothschuh



Querido por unos, malquisto por otros, respetado por muchos, encarna un cierto perfil dibujado por Maquiavelo sobre lo que debe ser un ministro. Sin embargo, Jesús Ramírez Cuevas se aleja del ministerio, pues, no ostenta cargo político en el Gabinete para ceñirlo en las tareas de un Cromwell en la milicia o de Fouché en la policía. Tampoco se ostenta como un valido del Rey tal fue el Duque de Olivares; más bien, por su escasa notoriedad pública y su honrada medianía que lo separa de las fruslerías pequeñoburguesas del poder advenedizo, bien se le aproxima al personaje idealmente retratado por Aldo Huxley en su tomo “La Eminencia Gris”. Protagonista histórico no una ficción literaria en la que desarrolló Huxley otros de sus dones acerca del Padre José, colaborador humilde del Cardenal Richelieu que no exhibía nada, salvo su casaca gris de capuchino y que definiría a la posteridad a los consejeros políticos afines a su estilo personal: la materia gris está vinculada menos a la indumentaria y más a los hemisferios cerebrales. Hoy día, Jesús Ramírez Cuevas, es la figura más llamativa y entretenida de Palacio Nacional: simplemente resume lo que construyó al lado del presidente López Obrador en torno a la sucesión cuidada y enriquecida sobre la entonces Jefa de Gobierno como extensión del proyecto nacional. Su fidelidad y subordinación a Sheinbaum como a López Obrador, no lo bifurcan, sino que lo unifican en un mismo proyecto de transformación trazado bajo la guía de una Cartilla Moral, tan intachable como irrenunciable ayer como hoy, entre propios y extraños desde el sexenio pasado a éste. A medida que sus críticos, adversarios y comunidad de la cancelación cultural se vuelcan con narrativas, historias e historietas, la figura de Ramírez Cuevas se eleva y consolida como el personaje eficaz, ideal y necesario que atrae los rayos y centellas de todas las insanias fincadas contra el presidente López Obrador como de la presidenta Sheinbaum. Sus adversarios y críticos sin pruebas temen y sospechan de él, con inferencias lo señalan y como el agua entre los dedos, su nombre se diluye en supuestos y presunciones que merece cargar un epígono del Padre José, su Eminencia Gris.