Es mayor el ruido de la reforma electoral, que lo
de ella hay de cierto. Y entre más escándalo se introduzca desordenando los fines
de un nuevo andamiaje electoral que saque a México de la subcultura del
ex partido de Estado, mucho mayor será la bonanza de sus herederos. Porque
ciertamente la que no le debe nada a esa degradación posdemocrática, es la
Presidenta de México. Así, cualquier parecer suyo la vuelve adversaria de la
emulsión que enfrasca Morena, PT y PVEM, igual del espejeo en la familiaridad
del PRI, PAN, MC, PRD y las dos nuevas agrupaciones políticas en ciernes. Hay algo
que quedó claro hoy: porque no anda en papel de marchante electoral, la presidenta
Sheinbaum jamás entrará en el rejuego del toma y daca y que le está pasando
otra factura a Rosa Icela cuando sus existencias políticas se las deben al
Partido Morena. Adornar el Movimiento de Regeneración con la pluralidad del PT
y Ecologista, parecía necesario en el 2018 y no tanto en el 2024, pero a la luz
de las promesas presidenciales de acabar con los vicios del ex partido de
Estado, esas dos pequeñas piezas del engranaje coalicionista, se creen capaces de trabar la
desaparición de plurinominales, el final de los subsidios, el nepotismo y la
reelección. Es tan desagradable la proxenitud, que anunció la Presidenta la
exclusión de Palacio Nacional de Karen Castejón y de Beto Anaya, pues para eso
confía Sheinbaum en la ineficaz operación política de Rosa Icela, de Monreal y de Adán Augusto. Estos tres cirujanos políticos son los marchantes en los
que ha depositado su confianza la Presidenta, tres figuras que traen coja a la
reforma electoral y trabajan más a su favor de sus intereses, que a los de Palacio. Al paso de
las décadas nuestro sistema político se ofrece consolidado, como lo expresa la
sentencia de la reforma electoral de 1977: “Lo que resiste apoya”. Y que en el
2026 pervive en la caracterización de los chiquipartidos engarzados en los
pliegues del elefante reumático. En aquel entonces el objetivo de Reyes Heroles
fue sacar a los partidos minoritarios de las sombras con una reforma política
que los hiciera formar parte del establishment. Funcionó y acabó forjando una
cultura férrea en torno del cochupo, la componenda, la burla y el cinismo en
nuestra dinámica política. El talamantismo hizo época y las nuevas expresiones
de ese legado están formuladas no solo en
las carreras políticas de los dirigentes petistas o verdes, sino en la
consanguinidad sistémica de naranjas, tricolores, azules, guindas, amarillos,
rosas. Nadie, ninguno de esos actores y partidos, tiene la honestidad de beber
la cicuta, pues al parecer si se mueren ellos, nos morimos todos.