Vladimir
Rothschuh
La
presidenta Sheinbaum dio incienso, mirra y oro a la reforma electoral: Esthela
Damián será la responsable de afinar el nuevo paradigma electoral. Sin
sorpresas tamaleras, ni de muñecos tramposos en el partido de la Rosca, la
Presidenta puso al frente del equipo de la reforma presidencial a alguien que
no tiene el mismo origen, ni sello político que los restantes miembros. El gatopardismo de manosear el legado priísta
para sustituir el mismo modelo del ex Partido de Estado por otro machote de
Partido de Estado, nunca había sido el objetivo de aquella adolescente soñadora
y anhelante de transformar México más allá de fórmulas y resoluciones sobre un
mismo sistema agotado que hacía rato
estaba sobreviviendo de parches constitucionales y elucubraciones sexenales. La
universitaria Sheinbaum percibía en los ochenta un régimen en larga agonía cuyo
declive ya no podían contener las cooptaciones y los fraudes electorales. Esa
universitaria que jamás formó parte del viejo régimen y fue crítica entonces,
como Presidenta no sucumbirá a los oropeles del poder, que si poquito o mucho
en la máxima de Lord Acton, destruye por completo la finalidad imaginativa de
un nuevo país con mejores actores políticos, ya que hemos tenido transiciones y
alternancias con vinos rancios. Sheinbaum no fue sinvergüenza ayer y menos hoy
puede ser tan ingenua para entregarse ciegamente a los recomendados
que fueron coautores del 68, 71, Guerra Sucia, Aguas Blancas, EZLN, como
partidos y partidarios de izquierdistas a sueldos y subsidiarios del erario. Sin
atender las causas seguirá atada nuestra democracia a la perpetua noria sexenal
que ha buscado normalizar los concubinatos políticos e ideológicos a la sombra del
Príncipe Moderno de Gramsci. Incienso, mirra y oro en el pesebre de Palacio, no
son tristemente novedad de los tiempos recurrentes, pero sí merecen ser ruptura de la nueva alianza imaginada por
Sheinbaum.