El funcionario o empleado de la SCJN que se encargó
de enviar a los enemigos de la Nueva Suprema las fotos de las Cheroquis, le hizo
un gigantesco favor a los ministros que alcanzaron desde anoche, una aprobación
máxima debido a la decisión de devolver lo que no habían pedido y menos estaban
interesados en poseer. El daño perseguido entre el equipo heredado por los
empleados de la vieja Corte se transformó en un boomerang, golpeando la testarudez
de Norma Piña y su pleno, negados a reducir sus millonarios emolumentos, las
blindadas, el personal adscrito a sus familias, los gastos médicos mayores, los
fideicomisos, en fin, un siniestro cúmulo de excesos que acabaron devorándolos.
Y esos colaboradores embozados de la Piña que se divirtieron y entretuvieron a
los conservadores con la pifia de las Cheroquis, representan la corrupción que
pervive aún en la Nueva Suprema, pues bien aceptan cobrar ahora con la mano
izquierda, pero maldecir con la mano derecha. La obcecación de la ministra Piña
y sus ministros creían que había hecho escuela en los nuevos ministros
encabezados por Hugo Aguilar y que las ambiciones pasadas eran compartidas por
la Nueva SCJN, sin embargo, la ruptura y el cambio quedó manifiesto cuando Hugo
Aguilar metió freno de mano y enseguida reversa con ese pasado inaceptable,
indigerible y sin retorno. Todas las difamaciones que vivieron los ministros
desde su elección, debido a las erradas listas, se esfumaron cuando el consenso
de los nuevos ministros y ministras fue de rechazo a las blindadas. A partir de
ayer, la SCJN se alzó nueva, transfigurada con un pleno acorde a los tiempos de
cambio. Lo que apuntaba a ser un daño irreparable que acabaría de hundir a la
máxima magistratura, se convirtió en un relanzamiento de la nueva ética que
envuelve a la impartición de justicia. Sobre
el adagio de que rectificar es de sabios, ahora tenemos un Poder Judicial
salomónico.