EDITORIAL

UN ALMA, UNA FLOR



*La Casa del Pueblo

*Recuperar las tradiciones

*Supremacismo colonial y animal

 

VLADIMIR ROTHSCHUH

 

Beatriz Gutiérrez Müller ha puesto su acento historiográfico en la Cuarta Transformación y en la agenda misma del presidente López Obrador como fue la humilde petición al Rey de España y al Papa del Vaticano a manera de conciliar  los tiempos, consiguiendo revelar que cinco siglos después el colonialismo religioso y cortesano se mantiene vigente. Ese acento de Gutiérrez Müller está manifestado en los triples festejos del 2021 por los 700 años de la fundación de México-Tenochtitlán, 500 de la llegada de los españoles y 200 de la Consumación de la Independencia.  La gira reciente por Europa acabó por confirmarle a Gutiérrez Müller la cosificación de los valores supremacistas europeos que lindan en el pillaje que era de lo que se trató la conquista en América y no en el amoroso encuentro de dos mundos. La restitución de Gutiérrez Müller de esos elementos primarios, son ahora los tres días de ceremonial por los muertos de esta Sindemia bajo la sugerente atracción de Gutiérrez Müller a la botánica ‘Una flor para cada alma’. Veinte expresiones culturales nativas y diacrónicas del mestizaje  del México antiguo conjuntaron Beatriz Gutiérrez Müller, Alejandra Frausto, Adelfo Regino y Diego Prieto, en la de-construcción del débito histórico del virrey Mendoza para transformar Palacio Nacional en la Casa del Pueblo, tal debería llamarse de ahora en adelante dicho recinto  también de negra historia en sus entrañas virreinales, independistas, reformista y post revolucionaria. Veinte estaciones recorrieron el presidente López Obrador y Gutiérrez Müller en las cosmovisiones de los pueblo originarios como otro diálogo circular en donde escucharon reclamos de promesas inconclusas en la Universidad Náhuatl que aún Adelfo no ha puesto su primera piedra por Milpa Alta pero que deberá tener lista para los festejos del año entrante;

 igual las etnias tabasqueñas le señalaron al presidente López Obrador que Javier May no los volvió a ver en las recientes inundaciones, para delicia de la ahora ambientalista María Luisa Albores que dio por muerto a May cuando lo destituyó de la subsecretaría y el presidente López Obrador lo revivió hasta coronarlo con Bienestar. Por cada estación del Primer Mandatario y las oraciones de las veinte etnias, la respuesta de López Obrador fue la misma, estaban en su casa, lo que motiva a transformar ese legado palaciego por la Casa del Pueblo dentro del contexto que ahora es Los Pinos. El que se  debió infartar ante los altares de Palacio nacional fue el doctor López Gatell  viendo en las ofrendas los refrescos negros de cola que él prohibió en Chiapas pero que Alfonso Romo devolvió a la canasta básica de los pobres para aumentar el número de mexicanos en los altares. La Coca Cola, la Pepsi, ilustrando las preferencias alimenticias de los festejos de muertos, acentuaron la razón de López Gatell y la vida natural demandada por el presidente López Obrador en su decálogo de la normalidad post Covid por una alimentación sana y cercana a nuestros pueblos originarios estrictamente veganos. Porque no fue sino después que los españoles trajeron animales de granja, cuando se distorsionó la alimentación vegetariana de las etnias cediendo paso a esa otra forma de esclavismo animal con el que convivimos naturalmente hoy sin considerar su atrocidad supremacista, como con la que se topó Beatriz Gutiérrez Müller en su gira por Europa y se enfrentó Alejandra Frausto en París por la subasta de arte precolombino. Se ha olvidado que todas las muertes del mundo por el Covid19 se fundaron en un mercado de carnes exóticas de Wuhan.

  

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